Las raíces Gnósticas de la Modernidad

11 enero, 2011 2 comentarios

El gnosticismo es un conjunto de corrientes sincréticas filosófico-religiosas que llegaron a mimetizarse con el cristianismo en los tres primeros siglos de nuestra era, convirtiéndose finalmente en un pensamiento declarado herético después de una etapa de cierto prestigio entre los intelectuales cristianos. En efecto, puede hablarse de un gnosticismo pagano y de un gnosticismo cristiano, aunque el más significativo pensamiento gnóstico se alcanzó como rama heterodoxa del cristianismo primitivo.

El término proviene del griego Γνωστικισμóς (gnostikismós); de Γνωσις (gnosis): ‘conocimiento’.

Introducción

El gnosticismo cristiano, pagano en sus raíces, llegaba a presentarse como representante de su tradición más pura. El texto gnóstico Eugnosto el beato parece ser anterior al nacimiento de Jesús de Nazaret.

La enorme diversidad de doctrinas y “escuelas gnósticas” hace difícil hablar de un solo gnosticismo. Algunos denominadores comunes de su pensamiento, no obstante, podrían ser:

  • Su carácter iniciático, por el cual ciertas doctrinas secretas del Cristo o el “ungido” estaban destinadas a ser reveladas a una élite de iniciados. De esta forma, los gnósticos cristianos reclaman constituir testigos especiales de Cristo, con acceso directo al conocimiento de lo divino a través de la gnosis o experimentación introspectiva a través de la cual se podía llegar al conocimiento de las verdades trascendentales. La gnosis era pues la forma suprema de conocimiento, solamente al alcance de iniciados.
  • El mismo conocimiento de las verdades trascendentes producía la salvación. Según las diversas corrientes, la importancia de practicar una vida cristiana podía variar, siendo en cualquier caso algo secundario.
  • Su carácter dualista, por el cual se hacía una escisión tajante entre la materia y el espíritu. El mal y la perdición estaban ligados a la materia, mientras que lo divino y la salvación pertenecían a lo espiritual. Por esa razón no podía existir salvación alguna en la materia ni en el cuerpo. El ser humano sólo podía acceder a la salvación a través de la pequeña chispa de divinidad que era el almaespíritu. Sólo a través de la conciencia de la propia alma, de su carácter divino y de su acceso introspectivo a las verdades trascendentes sobre su propia naturaleza podía el alma liberarse y salvarse. Esta experimentación casi empírica de lo divino era la gnosis, una experiencia interna del alma. Aquí se puede ver en elplatonismo un antecedente claro del gnosticismo, tanto en su dualismo materia-espíritu, como en su forma instrospectiva de acceder al conocimiento superior, siendo la gnosis una versión religiosa de la mayéutica de Sócrates. Este dualismo también prefigura el futuro maniqueísmo.
  • Su peculiar cristología: Siendo la materia el anclaje y origen del mal, no es concebible que Jesucristo pudiera ser un ser divino y asociarse a un cuerpo material a la vez, puesto que la materia es contaminadora. Por esa razón surge la doctrina del Cuerpo aparente de Cristo, según la cual la Divinidad no pudo venir en carne sino que vino en espíritu mostrando a los hombres un cuerpo aparentemente material (docetismo). Otras corrientes sostienen que Jesucristo fue un hombre vulgar que en la época de su ministerio fue levantado, adoptado por una fuerza divina (adopcionismo). Otras doctrinas afirman que la verdadera misión de Cristo era transmitir a los espíritus humanos el principio del autoconocimiento que permitía que las almas se salvaran por sí mismas al liberarse de la materia. Otras enseñanzas proponían incluso que Jesús no era un ser divino.
  • Peculiares enseñanzas sobre la divinidad. Entre éstas se encontraba la de que todo espíritu era divino, incluyendo la parte espiritual del hombre (el alma), que no necesitaba a nadie para salvarse a sí mismo, siendo Cristo enviado a revelar esa verdad. Por otra parte, el creador/ordenador de la materia (llamado Demiurgo), al multiplicar con su creación la materia, sería un ser malvado y opuesto al verdadero Ser Supremo del cual surgió.
  • Conclusiones éticas muy divergentes: Siguiendo la idea de la condenación de la materia, algunas corrientes afirmaban que era necesario el castigo y martirización del cuerpo para, a través del padecimiento de la carne, contribuir a la liberación del espíritu, propugnando un modo de vida ascético. Sin embargo, otras corrientes afirmaban que, siendo la salvación dependiente únicamente de la gnosis del alma, el comportamiento del cuerpo era irrelevante, disculpándolo de toda atadura moral y librándolo a toda clase de goces. Otras enseñanzas reprobaban la multiplicación de la materia, siendo así la procreación un acto condenable. También existían corrientes que, al igual que el platonismo y las filosofías orientales, creían en el retorno cíclico de las almas a la prisión de la materia a través de la reencarnación. El iniciado, igualmente, buscaba romper este ciclo a través de la gnosis (a través de la iluminación, en las religiones orientales).
  • Interpretación alegórica del cristianismo y de las escrituras. Así, se reinterpretan a la luz gnóstica las historias de la creación, etc. dándoles significados filosóficos.
  • Establecimiento de jerarquías espirituales: En la cima de los seres existe un Dios, un ser perfecto e inmanente cuya propia perfección hace que no tenga relación alguna con el resto de seres imperfectos. Es inmutable e inaccesible. Descendiendo en una escala de seres emanados de aquél llegamos al Demiurgo, antítesis y culmen de la degeneración progresiva de los seres espirituales, y origen del mal. En su maldad, el Demiurgo crea el mundo, la materia, encadenando la esencia espiritual de los hombres a la prisión de la carne. En este escenario se libra una batalla entre los principios del bien y el mal, la materia (apariencia) y el espíritu (sustancia). Podemos ver paralelismos claros con el zoroastrismo.
  • Establecimiento de jerarquías humanas: En la cima de la jerarquía humana estaban los iniciados, en los que es predominante el espíritu. Ellos pueden experimentar la gnosis y acceder así a la salvación. Por debajo está el resto de los cristianos, en los que predomina el alma sensible y que se pueden salvar siguiendo la guía de los primeros. En la parte más baja están aquéllos en que predomina el cuerpo y que, por tanto, no alcanzarán la salvación.

Síntesis

Se trata de una doctrina, según la cual los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo sino que se salvan mediante la gnosis, o conocimiento introspectivo de lo divino, que es un conocimiento superior a la fe. Ni la sola fe ni la muerte de Cristo bastan para salvarse. El ser humano es autónomo para salvarse a sí mismo. El gnosticismo es una mística secreta de la salvación. Se mezclan sincréticamente creencias orientalistas e ideas de la filosofía griega, principalmente platónica. Es una creencia dualista: el bien frente al mal, el espíritu frente a la materia, el ser supremo frente al Demiurgo, el alma frente al cuerpo.

En 1945 fue descubierta una biblioteca de manuscritos gnósticos en Nag Hammadi (Egipto), que ha permitido un conocimiento mejor de sus doctrinas, anteriormente sólo conocidas a través de citas, refutaciones, apologíasheresiologías realizadas por Padres de la Iglesia.

Algunos cristianos identifican como gnóstico a Simón Mago, personaje que aparece en una narracion en Hechos de los apóstoles en el Nuevo Testamento. Su personalidad más relevante fue Valentín de Alejandría, que llevó a Roma una doctrina gnóstica intelectualizante. En Roma tuvo un papel activo en la vida pública de la Iglesia. Su prestigio era tal que se le tuvo en consideración como posible obispo de Roma. Otros gnósticos de renombre son Pablo de Samosata, autor de una célebre herejía sobre la naturaleza de Cristo. Carpócratesconcibió la idea de la libertad moral de los perfectos, en la práctica una ausencia total de reglas morales.

Finalmente, el amplio rango de variación moral del gnosticismo fue visto con recelo y el obispo Ireneo de Lyon lo declaró herejía en el 180 d. C., parecer que comparte la Iglesia Católica.

fuente: wikipedia

Autor: Alfredo A. Abad T.Universidad Tecnológica de Pereira – Colombia

En el panorama filosófico de los primeros siglos de la era cristiana,las ramificaciones sectarias derivadas del pensamiento griego motivaron,dentro de la naciente religión cristiana, una fecunda asimilaciónde dicho pensamiento. Con ello se buscaba fundamentar las creenciasa través de la absorción de ciertos conceptos filosóficos que serían degran utilidad para la conformación del lento proceso doctrinario que,con el paso de los siglos, habría de convertirse en el dogma reconocidopor la Iglesia romana1. Este proceso, sin embargo, no debe asumirsecomo una conformación orgánica con un desarrollo armónico. Por el contrario, con los intentos de consolidar una unidad dentro de la naciente religión que diese uniformidad a los ritos y creencias, nacíanconstantemente heterodoxias que, a su vez, intentaban legitimarse, ya fuese como revelación divina, ya como verdades incuestionables deun proceso filosófico y religioso. Dentro del los textos evangélicos esposible encontrar rastros de ello. Quizá el Evangelio de San Juan ofrece un ejemplo detallado cuando establece una conexión irreductible entre el verbo logos y el propio Cristo; de esta manera esquematiza la asimilación de un concepto griego con la nueva religión.

Pero este no es el único ejemplo: en los Hechos de los Apóstoles, el mayor intento de asimilación de la filosofía griega lo ejecuta San Pablo, cuando no sólo intenta evangelizar en Atenas, sino que utiliza vocabulario filosófico griego y despliega toda su capacidad retórica como una manera de incorporarse a la cultura que intenta atraer, a partir de la estructuración racional de un mensaje que, de todas formas, no fue aceptado por sus interlocutores, y que de hecho le valió una exposición al ridículo entre los presentes.  Pese al fracaso que tuvo en esa oportunidad, y a que, posteriormente, se centró en un mensaje menos racional sustentado en la locura de la cruz, es necesario identificar en esa proyección una línea que no habría de cambiar con el paso de los siglos: la absorción cristiana del pensamiento filosófico griego, que tendría un peso considerable dentro de la ortodoxia y, por supuesto, por fuera de ella, entre la inmensa cantidad de apropiaciones cristianas que no fueron reconocidas por la unidimensionalidad y rigidez del dogma romano.

Conforme a ese patrón, tanto los primeros apologistas como los representantes de las herejías de aquella época buscaron fundar sus creencias en conceptos griegos. Existe no obstante una serie de apreciaciones ricas en alusiones griegas que merecen nuestra atención, por cuanto no sólo enfocan su búsqueda en la filosofía griega, sino que de hecho le otorgan mayor valor al carácter racional que de allí deriva, por encima del mensaje revelado del cristianismo.

Estas apreciaciones de muy diversos matices han recibido el nombre de gnosticismo, y expresan por ello una conformación múltiple, a veces caótica, pero sumamente plástica e interesante dentro del terreno de las mitologías cristianas primitivas.

El gnosticismo no es, pues, una concepción unitaria de la cual se pueda extraer una doctrina unificada; por el contrario, expone distintas y muy divergentes apreciaciones que giran alrededor de lo que cada una de sus versiones presentaba como la verdad. No obstante, este grupo de distintas versiones expresa una identidad cuando: “[…] se dese auna gnosis, es decir, una experiencia unificante y divinizadora que permita llegar a Dios en un contacto personal y unirse realmente a Él”(Gilson 2007 35). De acuerdo con esto, el gnosticismo, a pesar de todas sus vertientes, implica una experiencia de la fe de la cual se parte, para acceder a un conocimiento que eventualmente la reemplaza:

[…]todas estas doctrinas han tenido por objeto, partiendo de la fe en una revelación, transformarla en un conocimiento (gnosis) capaz de unir al hombre con Dios.

Toda esta historia descansa, pues, sobreun diálogo entre la fe religiosa (pistis) y el conocimiento intelectual(gnosis). Trátase principalmente de saber si es o no posible concebir la fe como una sabiduría (pistis sophía). (Gilson 2007 36)

Esta consideración es de vital importancia en la medida de especificar el carácter de desacralización que tiene el gnosticismo, puesto que, a pesar de partir de una revelación, es casi general la convergencia entre sus distintas manifestaciones para no dar mayor importancia a la redención tal como la asimila el cristianismo en sus versiones ortodoxas.De hecho, la gnosis es propiamente un saber que garantiza la salvación, pero el papel de Jesús:

“[…] queda reducido a la simple transmisióndel conocimiento salvador.

El papel de su pasión y de su muerte queda en la sombra, o incluso suprimido” (Gilson 2007 40). Esta sola perspectiva era suficiente para que el celoso cristianismo en ciernes ysus apologistas condenaran al gnosticismo como herejía y definieran a Marción, Basílides y Valentín, entre otros, como enemigos declarados de la “verdadera religión”. De esos autores no se conservan sus obras completas, y de ellos sólo quedan los rasgos de su pensamiento a travésde las refutaciones que autores como San Irineo hicieron para desacreditar sus orientaciones. Como acontece con otra serie de afortunadas ironías históricas, el intento de refutar estas herejías se convirtió en el único medio para ser conocidas por la posteridad.

Es obvio que aquello en lo que Gómez Dávila centra su atención es en la postura general del gnosticismo, que hace alusión a la capacidad intelectual del hombre para definir un conocimiento que lo libere y le dé una sabiduría suficiente para acceder a un nivel superior. El movimiento gnóstico era aristocrático por sus rasgos y sus pretensiones.

Se distinguía del cristianismo en cuanto que desacreditaba los alcances que el pueblo podría tener en materia de acceso a un conocimiento(gnosis). De nuevo, una singular ironía, el hecho de que Gómez Dávila execre este movimiento dadas las no muy populares y sí muy precisas estimaciones aristocráticas del pensador bogotano. Pero, por supuesto,este enfoca sus ataques desde otra perspectiva que no puede dejar de ver en el fenómeno gnóstico un enemigo declarado de la reacción propuesta dentro de la obra. El fenómeno reaccionario expuesto en los Escolios obedece acomposiciones diversas, cuyos rasgos van más allá del mero aspecto político. Se trata evidentemente de una desconfianza específica por las pretensiones del hombre, especialmente del hombre moderno, cuya característica más clara es la reivindicación de valerse como individuo al margen del sometimiento religioso impuesto por el cristianismo.

Obviamente, este rasgo no se presenta de manera definida y absoluta; las evidencias expuestas desde la baja Edad Media hasta el llamado “Siglo de las luces” corresponden a variables y matices distintos que ubican una generalidad en la consolidación de una secularización creciente, que tuvo un gran desenvolvimiento en el interior de los ideales de la Revolución Francesa y de lo que de ella deriva: las democracias, ya no como pretensiones, sino como procesos concretos que eventualmente ocuparían el panorama político, en cuanto fueron viéndose desplazadas las monarquías, hoy ya casi de manera absoluta. Puesto que el objetivo de este texto es analizar los vínculos entre gnosticismo y modernidad, nos detendremos en el examen de las críticas a la modernidad hechas por el bogotano sólo en la medida en que se consideren necesarias para tal propósito. Existen dos alusiones contundentes, en donde Gómez Dávila establece la conexión entre lagnosis y el mundo moderno: “La Revolución Francesa ha sido la o la más alta de la marea gnóstica” (Gómez Dávila 2005b 191). La otra, un poco más enigmática, pero certera, expresa:

“A un dios sólo lo encadenala ignorancia. Un dios permanece caído mientras ignore serdios.

Aufklärung es la traducción circunspecta de Gnosis” (Id. 193). El primer fragmento alude inequívocamente a una relación que para Gómez Dávila se establece de acuerdo con las similitudes que habría entre los rasgos políticos, religiosos y antropológicos determinados en la Revolución francesa, y algunas posturas del gnosticismo, principalmenteen lo que concierne a la capacidad del hombre de enfrentar su existencia de acuerdo a la constitución racional del conocimiento que lo instaure en un nivel superior. La Revolución francesa (y en general la Ilustración) no es sólo un movimiento político, sino una cosmovisión fundamentada en la individualidad y en la capacidad racional del hombre para establecerse moral y políticamente desde sí mismo, sin elementos externos.

Los ideales de la modernidad se centran filosóficamente en la constitución de un sujeto autónomo que, a partir de su racionalidad, puede explicar su entorno y explicarse a sí mismo. Esa pretensión es vista por el autor como la expresión más elevada del gnosticismo, y es obvio que ve en ella una identificación con los derroteros gnósticos, según los cuales la búsqueda de un conocimiento certero ydefinitivo debe ser la motivación principal para llegar a un punto que, en este caso, ha de ser la salvación. Durante el periodo revolucionario e ilustrado, es claro que no es ese el objetivo, pero sí lo es si por salvación identificamos, no una meta religiosa, sino una política, seculary antropológica. La identificación de una relación entre la gnosis y la modernidad debe ser entendida en Gómez Dávila como una metáfora que sugiere las posibles coincidencias entre las pretensiones gnósticas antiguas y los anhelos modernos que tanto desestima el autor.

Esas pretensiones se basan en una idea definitiva que relaciona ambos movimientos de manera inequívoca: la confianza en el hombre. El pensamiento gnóstico y el moderno tienen una coincidencia en lo que respecta a la asimilación del hombre, en cuanto es visto con la suficiente capacidad racional para dar cumplimiento a los propósitos que emprenda: en el primero de los casos, el de su salvación autónoma al margen de la fe y, en el segundo, en otro tipo de salvación orientada a establecer el posicionamiento individual de la autonomía religiosa y moral de que hace gala el hombre moderno. Así se comprende mejor el segundo fragmento expuesto arriba, cuando el hombre es asimilado como un dios que se da cuenta de su condición, y por lo tanto dejade estar sometido, para considerar su propia visión desde una perspectiva distinta. La equiparación de gnosis y Aufklärung no es pues gratuita y desenfocada, obedece a una identificación de ambos fenómenos, la que quizá es una de las más radicales posturas de GómezDávila:

su imagen del hombre. Como todo moralista, el autor de los Escolios desestima las pretensiones del hombre y, por lo tanto, asume el gnosticismo como un fenómeno religioso que no se arrodilla ante Dios,

sino ante una nueva divinidad: el hombre.

En lo que respecta a la Aufklärung, el diagnóstico no es muy distinto, y de hecho en ella hay también unos visos de religiosidad bastante explícitos, aunque, claro está, de otra índole. La Diosa Razón, la creciente fe en el progreso humano, las bondades de la racionalidad, el fin de la religión en la medida en que esta es asumida como superstición, tienen también rasgos inconfundibles de motivación religiosa. Todas esas expresiones muestran una fe que, por supuesto, la llamada “posmodernidad”, en cuanto cierre de los metarrelatos, ha intentado superar. Gómez Dávila acierta cuando expresa que: “En el fondo no hay sino dos religiones: la de Dios y la del Hombre, y una infinidad deteologías” (Gómez Dávila 2005b 182); la religión gnóstica y la religiónde la Ilustración le rinden tributo a este último. El vínculo entre el gnosticismo y la modernidad es evidente cuando ambos enfatizan la posibilidad de que el hombre pueda establecer una salida racional a su ignorancia y “divinice”, por lo tanto, la propia razón: en el caso de la gnosis, cuando sobrepase la fe, y en el caso de la modernidad, cuando a través de ella pretenda salir de los abismos oscuros del mundo medieval para entrar en una edad ilustrada.

Pero es claro que, tanto los valores de Gómez Dávila anclados en la desconfianza de la razón, como su descripción nada alentadora de las capacidades autónomas del hombre, le hacen ver con suprema displicencia las optimistasexpresiones del pensamiento moderno. De hecho, con fino humor afirma:

“Hace doscientos años era lícito confiar en el futuro sin ser totalmente estúpido. ¿Hoy quién puede creer en las actuales profecías, puesto que somos ese espléndido porvenir de ayer?” (Gómez Dávila2005a 114).

En esta clase de escolios, en donde es evidente una tendencia moralista propia de la tradición francesa, que tanto fascinó al autor, se definen sus muy claras expresiones en contra del progreso humano, y, en este caso, en contra de la pretensión ilustrada de llegara buen término a partir de su fe en la razón. Son muchas las alusiones en que Gómez Dávila desestima los logros del hombre. Su contra modernidad se suma a ciertas voces como la de E.Cioran, cuando desarrolla una fuga de las visiones optimistas generadas principalmente en las utopías modernas, entre ellas, el pensamiento ilustrado. Como lo hemos apuntado, gnosis e Ilustración se subordinana una misma confianza, la de la razón humana, y es por ello que encontramos esa identificación entre las raíces gnósticas y modernas, en una sentencia inequívoca: “Racionalismo es el seudónimo oficial del Gnosticismo” (Gómez Dávila 2005b 148).

Tanta confianza en el hombre genera, desde la perspectiva del autor, una nueva divinidad: el hombre mismo. Esta perspectiva recibe el nombre de ateísmo gnóstico, y a él se refiere en escolios como estos:

El ateísmo auténtico es una página blanca; el ateísmo gnóstico esconde un texto escrito con tinta simpática. El Übermensch es recurso de un ateísmo inconforme.

Nietzsche inventa un consuelo humano a la muerte de Dios; el ateísmo gnóstico, en cambio, proclama la divinidad del hombre. (Gómez Dávila 2005b 182) Más que a un ateísmo fundado en la muerte de Dios, de expresiones trágicas como las de Nietzsche, que no son nuevos humanismos como el de la Ilustración, si no valoraciones distintas de la relación del hombre en su experiencia vital, como bien lo apunta Gómez Dávila, el enfoque de su crítica se debe centrar en la desconfianza en la divinizacióndel hombre.

Este último aspecto se da por supuesto en Gómez Dávila, a partir de una religiosidad que, en los Escolios, es fruto de su acendrado catolicismo y, por supuesto, a través de la esquematización de la tradición moralista que tanto influyó en él. La metáfora del pecado original es pieza clave dentro de los pensadores que, como GómezDávila, expresan su pensamiento a través de la lucidez escéptica. Esta metáfora es rememorada por Cioran en uno de sus más bellos ensayos,“El Árbol de Vida”, de su texto La Caída en el Tiempo, y explicita grandes concordancias con el autor de los Escolios:

[…][L]e récit de la chute nous permet d’entrevoir qu’au coeurmême de l’Éden le promoteur de notre race devait ressentir une malaise, faute de quoi on ne saurait expliquer la facilité avec la quelle ilcéda à la tentation. Il y céda? Il l’appela plutôt.  En lui se manifestait déjàcette inaptitude au bonheur, cette incapacité de le supporter dont nous avons hérité.5 (Cioran 2007 1072)

Si un fragmento como este se compara con la noción nada halagadora que Gómez Dávila asume con respecto a la naturaleza humana, no es difícil encontrar divergencias. El mito hebreo no sólo es una expresión de la religiosidad judeo cristiana, sino una muy buena ocasión para que los moralistas lo utilicen a fin de lanzar sus invectivas contra el optimismo moderno. Para tal efecto, nos encontramos con líneas como estas:

“Los hombres se dividen en dos bandos: los que creen en el pecado original y los bobos” (Gómez Dávila 2005a 118);

o también:

“Cualquiera que no confíe en el hombre resulta, en el fondo, cristiano”(Id. 51).

Ambos escolios excluyen la noción de una “bondad” implícita en el hombre, “bondad” asumida tanto por la gnosis como por el pensamiento ilustrado. Quienes creen en el pecado original, no sonsolamente los cristianos, sino ante todo quienes fundan su pensamientoen un hábito escéptico que no permite constituir una noción optimista de los logros y propósitos del hombre. En este sentido, el cristianismode Gómez Dávila es un escepticismo que restringe las expectativas gnóstico-ilustradas.

Esta idea es sumamente esclarecedora a la hora de asumir el fenómeno reaccionario en el autor, visto, no como una noción política, sino principalmente antropológica, una antropología bañada en las aguas lúcidas del escepticismo del escoliasta bogotano. El concepto de lucidez marcha casi paralelamente con la actitud escéptica. En Gómez Dávila también se encuentra, sólo que expresado con otro término. Son muchísimos los escolios en donde hay alusiones directas a la antítesis inteligencia-estupidez o inteligencia-bobería. Elautor utiliza la palabra inteligencia para referirse a lo que en términos escépticos se denomina lucidez, esto es, desencanto, desengaño,carencia de ilusiones.

Los bobos, por supuesto, son los engañados, los encantados, los ilusos, quienes creen en los buenos oficios y alcances del hombre. Gnósticos y modernos, envueltos en su creencia optimista, se encuentran al margen de la inteligencia o, lo que es lo mismo, del desengaño de Gómez Dávila.

Mientras la gnosis y la Ilustración comparten esa creencia en la natural bondad del hombre, el escéptico la desacredita con una simple mirada a la historia. De cualquier forma, es en el optimismo racionalista en donde se debate el problema que el autor señala; es, por ende, en el descrédito escéptico hacia las suficiencias humanas en donde se deben posicionar los fundamentos de sus críticas. De hecho, su cristianismo es bien singular, y está dominado por una adhesión constante hacia la lucidez escéptica, lo cual hace que esta desconfianza lance sus dardos contra la divinización del hombre. Esta divinización, que expresa la suficiencia racional y benévola, está representada en los siguientes términos:

“El dogma de la natural bondad del hombre formula en términos éticos la experiencia central del gnóstico. El hombre es naturalmente bueno porque es naturalmente dios” (Gómez Dávila 2005c 54),

o también:

“Contrala soberbia gnóstica sólo inmunizan el escepticismo y la fe. El que no creeen Dios puede tener la decencia de no creer en sí mismo” (2005b 194).

Autores como Habermas todavía creen en sí mismos, o al menos en esas nuevas formas de gnosis, de ilustraciones, de racionalismos, de humanismos, de modernidades, de posibilidades de comunicación, de óptimas bondades del ser humano. No hace falta haber estado en Auschwitz para desacreditar los alcances de la Razón, sobra mejor una buena dosis de ingenuidad para estimular sus pretensiones.

Al margen de Gómez Dávila, quizá hoy no nos duela tanto la muerte de Dios porque nos permitimos tomar distancia de sus cuitas cristianas, de sus nostalgias medievales; pero sí nos incomoda, tanto como a él, el relevo de un mito por otro más grotesco: el Hombre.

Las raices gnosticas de la modernidad

Las disputas Cristológicas

18 diciembre, 2010 Deja un comentario

 

El Cristo Redentor

El Cristo Redentor

 

Las disputas cristológicas son una serie de polémicas sobre la naturaleza de Jesús/Cristo mantenidas en el seno de la iglesia cristiana durante los primeros siglos de esta religión.

En el año 325, en el Concilio de Nicea, y de la mano del emperador Constantino I, así como en el Primer Concilio de Constantinopla, en 381, se estableció la doctrina oficial de la Iglesia Católica, que abarcaba todo el territorio del Imperio Romano (desde España hasta Siria). Esta estableció que Cristo era eterno, una encarnación divina consustancial con Dios Padre, una sola persona pero con dos naturalezas —completamente divina y completamente humana— y propósitos (ver más abajo). A partir de ese momento, y hasta el siglo VII, sucesivos concilios condenaron doctrinas que diferían de la del Credo niceno en materias de ontología crística.

Muchos de los que vivieron en la Edad Media, y que la Enciclopedia Católica y los libros católicos catalogan como herejes que tenían que ser extirpados, eran aquellos grupos cristianos que no aceptaban el trinitarismo, y no se sometían a la autoridad de la Iglesia Católica.

El periodo de los cuatro primeros siglos de la historia del cristianismo se caracterizó por disputas cristológicas. Los movimientos religiosos minoritarios, calificados como heréticos, que surgieron el segundo siglo nunca volvieron a cuestionar las explicaciones establecidas sobre la naturaleza de Cristo, y se concentraron en problemas como la simonia, hipocresía, la burocracia, la injusticia social y la luxuria de la Iglesia institucional. Volviendo ser asunto durante la Reforma Protestante con la aparición de nuevos movimientos. Hoy día especialmente lo de las Testigos de Jehová, vuelven a cuestionar las doctrinas cristológicas adoptadas el cuarto siglo.

Principales Corrientes contendientes

Las principales corrientes cristianas que intervinieron en disputas cristológicas se pueden agrupar en tres categorías pincipales, a saber: el trinitarismo, el unitarismo, y la Unicidad de Dios.

Trinitarismo

El Símbolo Quicumque reclama que el trinitarismo es la posición doctrinal de la Iglesia Católica Romana, aunque después de la reforma protestante, la gran mayoría de los grupos protestantes adoptaron la misma posición católica. Cree que hay un Dios, que existe como una pluralidad de tres personas divinas y distintas, que comparten los mismos atributos y la misma naturaleza divina. En el trinitarismo, Jesucristo es considerado como la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Unitarismo

El Unitarismo cree que sólo hay un Dios que es indivisible, y niega la deidad de Jesucristo. En el unitarismo Jesús es considerado como un semidiós, o simplemente como una criatura. Dentro de los principales grupos unitarios encontramos el monarquianismo dinámico o adopcionismo, apolinarismo, arrianismo, marcionismo, monofisismo, monotelismo, nestorianismo, origenismo, priscilianismo, socinianismo y Patripasianismo.

El monarquianismo dinámico o adopcionismo: es la doctrina según la cual Jesús era un simple ser humano, elevado a una dignidad similar a la de Dios luego de su muerte. Esta idea es propia del pensamiento cristiano primitivo. En el pensamiento judío, el mesías es un ser humano elegido por Dios para llevar a cabo su obra espectacular: tomar a los hebreos y elevarlos por sobre todas las naciones. Al mismo tiempo, el adopcionismo era psicológicamente interesante para los primeros cristianos, ya que éstos eran una comunidad pobre y atrasada, y por ende era fácil identificarse con un héroe como Jesús, ser humano como cualquiera que es elegido (“adoptado”) por Dios, y que por ende daba esperanzas de salvación a los propios cristianos, tan humildes ante Dios como su héroe máximo.

El apolinarismo: afirmaba que en Cristo el espíritu estaba sustituido por el Logos divino, con lo que implícitamente negaba la naturaleza humana completa del Redentor, un dogma católico (y luego, de allí, también ortodoxo). Fue condenado en el Primer Concilio de Constantinopla, en el año 381.

El arrianismo: condenado en el Concilio de Nicea (325), el arrianismo, diametralmente opuesto al apolinarismo, negaba la consustancialidad del Hijo (Cristo) con el Padre (Dios) y por lo tanto la doctrina de la Trinidad católica. En esta visión unicista, Cristo era una criatura creada como todas las demás. Favorecida primeramente por el emperador Constancio II (337-361), esta escuela fue rechazada por Teodosio I el Grande (379-395). Adoptado oficialmente por el reino visigodo en España hasta su rechazo por el rey Recaredo en 589, cuando se convirtió a la fe romana.

El marcionismo, predicado por Marción en el siglo II, distinguía y separaba como cosas totalmente diferentes al Dios Creador del Antiguo Testamento, Yahveh, del Dios verdadero, el Padre, capaz de encarnar a un hijo hombre, Cristo, conforme al Nuevo Testamento, y concluye que ambas religiones son paralelas y que tienen por única conexión a la geografía.

El monofisismo o eutiquianismo: Afirma que en Cristo existe una sola naturaleza: la divina. Actualmente la Iglesia Copta de Egipto y las Ortodoxas de Siria (jacobitas), Armenia y Eritrea son monofisitas.

El monotelismo: Creado en el siglo VII, fue refutado en el tercer concilio de Constantinopla (680-1). Afirmaba que en Cristo existían dos naturalezas (como en el catolicismo), pero sólo la voluntad divina (para la oficialidad había dos, de lo contrario Jesús no hubiera sufrido tanto en la cruz como humano).

El nestorianismo: Propuesta por primera vez en el siglo V, esta doctrina afirmaba que en el Verbo (Jesucristo, tal como está descrito en el evangelio de Juan 1:1) existían dos personas: la divina (Cristo, hijo de Dios) y la humana (Jesús, hijo de María). En la cruz, por lo tanto, sólo había muerto el humano, sin haber sufrido el dios. Para el catolicismo, en cambio, el Hijo era una sola persona de las tres que integraban la Trinidad. Fue condenada en el Concilio de Éfeso (431). Actualmente los cristianos asirios, en Irak, mantienen esta creencia.

El origenismo: Rechazado en el segundo concilio de Constantinopla (553), afirmaba la eternidad de las almas humanas (cuando el catolicismo dice que el alma es creada en el momento de la concepción biológica). Una de esas almas habría sido la de Cristo, que se encarnó con el objetivo de conseguir la salvación de los hombres.

El priscilianismo: Fue una doctrina cristiana que negaba el dogma de la Trinidad y la encarnación del Verbo, ya que atribuía a Jesús un cuerpo solo aparente. Predicado por Prisciliano en el siglo IV y basado en los ideales de austeridad y pobreza, fue condenado en el concilio de Braga, en el año 563.

El socinianismo, difundido por el pensador y reformador italiano Fausto Socino (aunque al parecer se inspiró en las ideas ya formuladas por su tío Lelio) es antitrinitario y considera que en Dios hay una única persona y que Jesús de Nazaret es sólo un hombre, aunque nacido milagrosamente de la Virgen María por voluntad divina. Según esta confesión, la misión de Jesús en la tierra fue transmitir la voluntad del Padre tal como le había sido revelada, y tras su crucifixión fue resucitado por Dios y elevado a los cielos, donde adquirió la inmortalidad y desde donde reina sobre el mundo desde entonces.

El patripasianismo, una aparente evolución del modalismo, afirmaba que al ser Cristo, sólo una manifestación del Padre, este había sufrido en la cruz.

Unicidad de Dios

Los antiguos creyentes de la Unicidad de Dios, fueron etiquetados por sus oponentes como modalistas, o sabelianitas.

El modalismo, también fue conocido como monarquianismo modalístico. La palabra monarca, enfatizaba que el Rey del universo es uno solo, y modalismo que Dios se ha manifestado al hombre de diversos modos. El monarquianismo modalístico identificaba a Jesucristo como Dios mismo (el Padre) manifestado en carne. El Modalismo, se oponía férreamente contra el dogma de la trinidad. De acuerdo con la concepción trinitaria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son cada una de las tres personas de la trinidad. En cambio, los modalistas explicaban que de acuerdo con la Biblia, estos términos nunca pretendían hacer distinciones de tres personas eternas dentro de la naturaleza de Dios, sino que simplemente se referían a modos (o manifestaciones) de Dios. En otras palabras, Dios es un ser individual y único, y los diversos términos usados para describirle (tales como Padre, Hijo, y Espíritu Santo) son designaciones aplicadas a las diferentes formas de su accionar o a las diferentes relaciones que El tiene para con el hombre. Ver Unicidad de Dios.

Desde de la Reforma

Desde la Reforma protestante hasta ahora, estos son los principales grupos trinitarios, unitarios y de la Unicidad de Dios:

Principales Grupos Trinitarios

La Iglesia Católica Romana, La Iglesia Ortodoxa Griega que se separó de la Iglesia Católica Romana en el año 1054 d. C. en el conocido Cisma de Oriente, y la mayoría de grupos protestantes surgidos de la reforma, tales como la Iglesia Luterana, La Iglesia Anglicana, La Iglesia Presbiteriana, La Iglesia Bautista, la Iglesia Congregacional, y los pentecostales trinitarios entre los que se destaca Las Asambleas de Dios.

Principales Grupos Unitarios

Actualmente son numerosos los grupos que sostienen la creencia unitaria y hay muchas divisiones internas en sus afirmaciones, pero coinciden en negar que Jesús es Dios. Dentro de los grupos más importantes se encuentran los Testigos de Jehová (para los cuales Jesús es el primer ser creado por Dios, un ser divino que cumple diferentes papeles en el propósito de Dios; entre estos figuran: El Hijo Primogénito de Dios, el Obrero Maestro de la Creación, Miguel el Gran Príncipe, La Palabra o Vocero de Dios, entre otros), los Cristadelfianos (para los cuales Jesús es un hombre divino pero inferior a Dios), la Asociación Unitaria Universal, la Iglesia de la Ciencia Cristiana, algunos de los llamados grupos Judíos Mesiánicos.

Principales Grupos de la Unicidad de Dios

Dentro del cristianismo, la doctrina de la Unicidad de Dios, identifica a los pentecostales del nombre de Jesucristo. En el mundo hay muchas agrupaciones pentecostales apostólicas, más congregaciones independientes. Ninguna de estas agrupaciones u organizaciones argumenta ser soberana o estar por encima de las demás, y en su mayor parte disfrutan de buena confraternidad las unas con las otras.

fuente: wikipedia

fuente: wikilingue

Los Dioses Siniestros

19 noviembre, 2010 Deja un comentario

Extraído de la revista New Dawn
Nº 44 (Set.-Oct. 1997)

En 1989, la hipótesis radical de Zecharia Sitchin avanzó a otro nivel con la publicación del libro “The Gods of Eden” (Los Dioses del Edén), apropiadamente subtitulado: “The chilling truth about extraterrestrial infiltration – and the conspiracy to keep humankind in chains” (La escalofriante verdad acerca de la infiltración extraterrestre – y la conspiración para mantener a la humanidad encadenada). El autor, un abogado californiano con el seudónimo William Bramley, recopiló las principales investigaciones anteriores sobre el tema de los “astronautas ancestrales” (ver informe aquí) y las reunió con una particular visión conspiratoria de la Historia.

La chocante tesis de Bramley, que confronta casi todas las creencias populares, es la siguiente:

“Los seres humanos parecen ser una raza esclavizada reproduciéndose en un planeta aislado de una pequeña galaxia. La raza humana fue una vez fuente de mano de obra para una civilización extraterrestre, para la cual seguimos siendo su posesión. Para mantener el control sobre su posesión y mantener a la Tierra como una especie de prisión, esa otra civilización ha alimentado un interminable conflicto entre los seres humanos, ha promovido la decadencia espiritual y ha creado en la Tierra condiciones irreversibles de penuria física. Esta situación ha existido por miles de años, y aún continúa hasta nuestros días.” (The Gods of Eden).

La idea de que la Humanidad es el producto de una ingeniería genética, conducida por extraterrestres provenientes de alguna parte, fuera de nuestro pequeño planeta, desafía tanto a la evolución darwiniana como al creacionismo. ¿Acaso los dogmas de la ciencia y la religión nos han cegado la verdad acerca de nuestros orígenes?

La iglesia cristiana proclama que un supuesto omnisciente, todo-poderoso “dios”, creó a nuestros primeros padres del “barro”, de manera parecida a como el alfarero moldea la arcilla. Sólo cuando Adán y Eva rompen con las reglas de su creador son sujetos al dolor, la enfermedad y la muerte. Por desobedecer a este “dios” también condenaron a su descendencia ‹a toda la humanidad‹ a ser “pecadores”. El cristianismo deriva su infortunado relato sobre Adán y Eva del primer libro de la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento: el Génesis.

Si interpretamos la Biblia literalmente, asumiendo que se trata de un documento histórico infalible, se nos presenta un “dios” (Jehovah o Yahvé) quien, por su propia palabra, admite ser celoso, colérico y vengativo. El temor del “Señor” (Jehovah) aparece enfatizado constantemente a través del Antiguo Testamento. Se espera de Él que recompense a aquellos que lo adoran y que mantienen la observancia de la ley ritual, gratificando sus deseos mundanos por posesiones materiales y poder. No se puede dejar de notar que este cruel, sanguinario y egoísta “dios” se asemeja grandemente a los caprichosos dioses sumerios.

De acuerdo al Génesis, este “dios”, demasiado humano, desconocía que sus apreciados humanos habían echado a perder su creación al comer la “fruta prohibida”. Después de esto, habiendo expulsado a la primera pareja humana del Paraíso, amenazó a sus descendientes con su cólera hasta el día en que ahogó al mundo entero con un diluvio.

Este “dios” Jehovah, como el historiador Gibbon observa en su obra “The Decline and Fall of the Roman Empire” (Declinación y caída del Imperio Romano) es un “ser propenso a la pasión y al error, caprichoso a su favor, implacable en su resentimiento, celoso de su supersticiosa adoración, y confinando su providencia parcial a una simple persona y a su transitoria vida.”

La investigación indica que la Biblia Hebrea, lejos de ser un texto histórico infalible creado por un Ser Supremo, resulta ser una gran revisión compilada de por lo menos dos trabajos completamente separados. Reunidos en el Libro del Génesis existen dos trabajos separados conocidos por los académicos como las tradiciones del Norte “E” y las del Sur “J”, las cuales son complementadas por revisiones e inserciones adicionales. En la “E” (que contiene los pasajes referentes a los Elohim) reside la tradición pre-judaica de la gente del Norte, quienes exaltaban al Más Elevado Dios, Él, y a los subordinados Elohim. Los pasajes correspondientes a “J”, o Jehovistas, describen una entidad totalmente foránea, el malvado Jehovah (YHWH), el “Señor”. De acuerdo a Max. J. Dimont, en “Jews, God and History” (Judíos, Dios e Historia): “En el siglo quinto A.C. los sacerdotes judíos combinaron porciones de los documentos ‘J’ y ‘E’, añadiendo un pequeño aporte personal (conocido como el fraude piadoso); los documentos resultantes se conocen como ‘JE’, ya que Dios en estos pasajes es nombrado como ‘Jehovah Elohim’ (traducido como ‘Señor Dios’).”

A esto se debe que encontremos, dentro de la Biblia, imágenes contradictorias y conflictivas del Supremo Dios. Encontramos a Jehovah, un dios tribal, enmascarando al Ser Supremo. Los primeros capítulos del Génesis describen un combate impresionante entre dos poderes rivales. Por un lado está el Más Elevado Dios y Sus Elohim, quienes crean mediante su propio espíritu manifestado; y por el otro lado está el malévolo Señor Dios, Jehovah, quien creó a un ser sintético compuesto de ‘barro’. Jehovah resulta ser Satanael, un Elohim que se levantó en rebelión contra el Supremo Dios. Aunque posteriormente nombrado el Único Dios, inicialmente los Hebreos conocían a Jehovah sólo como uno más de los muchos Elohim. Ellos citan el Canto de Moisés para distinguir entre el Más Elevado y el Jehovah usurpador:

“Cuando el Altísimo repartió las naciones, cuando distribuyó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos, según el número de los hijos de Dios; mas la porción de Yahvé fue su pueblo, Jacob su parte de heredad”. (Deuteronomio 32:8-9).

Los cristianos gnósticos de los primeros siglos, quienes preservaron las enseñanzas originales de Jesús, hacían una distinción entre el Padre Celestial y el dios de la Biblia Hebrea. Jehovah (YHWH) no era el Padre revelado por Jesús. Mientras la Biblia Hebrea revelaba a un dios tribal, el Dios de Jesús era el Ser Supremo Universal de toda la humanidad. El dios hebreo era un dios de temor, el Padre Celestial de Jesús era un Dios de amor. De hecho, Jesús nunca se refirió al Padre Celestial como Jehovah. El Evangelio Gnóstico de Pedro establece que los Hebreos se encontraban bajo la ilusión o engaño de que conocían al Ser Supremo, pero eran ignorantes del mismo, y conocían sólo a un falso dios, un impostor, cuya naturaleza verdadera era desconocida para ellos.

Los gnósticos, basados en su profundo estudio del Libro del Génesis, exponen a Jehovah como Satanael el Demiurgo, el poder creativo de este caído mundo material, que es hostil al Ser Supremo. Un maestro Gnóstico dijo cómo el Padre desconocido creaba a los ángeles, a los arcángeles, potestades y dominaciones. El mundo, sin embargo, y todo en él, fue construido por siete ángeles particulares, y el hombre también es obra de los ángeles. Estos ángeles él los describió como artesanos flojos y rebeldes.

Saturninus (90-150 D.C.), quien estableció una importante comunidad gnóstica en Siria, enseñó que el Único Dios Verdadero, el Padre Celestial revelado por Jesús, habita en el más elevado Reino de la Luz. Entre este trascendente Reino de Luz y nuestro mundo finito existe una vasta jerarquía de arcángeles, ángeles y poderes espirituales; los constructores del Universo y los diseñadores del Hombre. Por necedad y vanidad, Satanael se rebeló contra el Reino de la Luz, liderando a un grupo de ángeles seguidores. Satanael y sus lacayos maquinaron atrapar a seres espirituales en cuerpos físicos. Saturninus contó cómo el ángel creador, Satanael, procuró crear cuerpos físicos humanos a imagen de seres espirituales. De esta manera ellos planearon mantener a los seres espirituales permanentemente atados a cuerpos físicos.

En el recuento de la creación de Saturninus, Satanael, el ángel creador, sólo pudo formar un androide primitivo. Fue necesario animarlo con un ser espiritual de los reinos superiores. Entonces, Satanael atrajo de los reinos celestiales, hacia su universo carente de alma, una “chispa de luz” y la atrapó dentro del cuerpo material de Adán. De acuerdo a Apelles, otro antiguo maestro Gnóstico, los seres espirituales fueron seducidos para descender desde su lugar en los reinos celestiales por la oportunidad de tener una experiencia física, siendo luego atados a cuerpos de carne mediante las maquinaciones de Jehovah. Generación tras generación la “chispa de luz” se incorporó en las formas humanas. Pronto, estos seres espirituales fueron absorbidos tanto en el mundo material que perdieron toda conciencia de su origen en el Reino de la Luz. Se encontraron a sí mismos capturados en el mundo de Satanael el Demiurgo. De hecho, se convirtieron en esclavos de su malévolo creador.

La iglesia católica, al aceptar la biblia hebrea en su interpretación literal, confunde a Jehovah el dios tribal con el Ser Supremo. Imitando a la antigua Israel, la Iglesia se establece como un imperio político y religioso. Sólo los cristianos gnósticos permanecieron en su camino. Los gnósticos pronto se encontraron siendo denunciados viciosamente como herejes, mientras que sus libros sagrados eran robados y quemados. Gracias al descubrimiento milagroso de algunas escrituras gnósticas en Nag Hammadi, Egipto, hace cincuenta años, podemos tener una mejor comprensión de las comunidades cristianas gnósticas de los primeros siglos de nuestra era.

La Iglesia Católica, al aceptar la Biblia Hebrea en su interpretación literal, confunde a Jehovah el dios tribal con el Ser Supremo. Imitando a la antigua Israel, la Iglesia se establece como un imperio político y religioso. Sólo los Cristianos Gnósticos permanecieron en su camino. Los Gnósticos pronto se encontraron siendo denunciados viciosamente como herejes, mientras que sus libros sagrados eran robados y quemados. Gracias al descubrimiento milagroso de algunas escrituras Gnósticas en Nag Hammadi, Egipto, hace cincuenta años, podemos tener una mejor comprensión de las comunidades Cristianas Gnósticas de los primeros siglos de nuestra era.

Un trabajo Gnóstico descubierto en Nag Hammadi denominado el Apocalipsis de Adán, es un recuento de la creación de Adán y Eva. Este libro, que data del primer siglo, pudo haber sido un intento de reconstruir el Génesis original. Dice que Adán declaró:

“Cuando dios me creó de la tierra, junto con Eva tu madre, estaba con ella en la gloria, la cual ella había visto en el Eón de donde hemos venido (Reino de la Luz). Ella me enseñó una palabra de conocimiento del Dios eterno. Y nosotros nos asemejábamos a los grandes ángeles eternos, porque éramos más grandes que el dios que nos había creado y que los poderes en él, a quien no conocemos.

Entonces dios (el Demiurgo/Satanael), el regente de los eones y de los poderes, en cólera nos dividió. Entonces nos convertimos en dos eones. Y la gloria en nuestros corazones nos abandonó. Después de aquellos días, el conocimiento eterno del Dios de la Verdad (Padre Celestial) se retiró de mí y de tu madre Eva. Desde ese momento aprendimos acerca de las cosas muertas, como el hombre. Entonces reconocimos al dios (Demiurgo) quien nos había creado. Nosotros no le éramos extraños a sus poderes. Y le servimos a él en temor y esclavitud.”

Los Gnósticos entendieron que existen muchas órdenes diferentes de seres. Sus escritos refieren numerosas jerarquías de entidades espirituales, tanto de la Luz como de la Oscuridad. Estos seres no sólo se mueven en frecuencias sutiles, sino que pueden tomar formas en la dimensión física. Como los Esenios y Jesús, los Gnósticos reconocían la habilidad de los “ángeles” de poder corporificarse. Los ángeles caídos eran a menudo referidos como regentes o Arcontes, y el jefe de los Arcontes era conocido por varios nombres como Satabael, Jehovah, Ildabaoth, Sacklas, Satán, Sammael, etc. Ellos poseían el poder para crear cuerpos y creían ser “dioses”. Como consecuencia de su estado degenerado le eran hostiles a la humanidad y evitaban que esta adquiriera su liberación espiritual.

John A. Keel, autor de “Disneyland of the Gods”, y “Our Haunted Planet” (“Disneylandia de Dioses” y “Nuestro planeta cazado”; Nota de AFR), argumenta que el creciente interés aparecido a finales del siglo XX, en relación a los extraterrestres, alienígenas y OVNIS, es solamente una versión moderna de las mismas fuerzas que otras personas y culturas alguna vez identificaron como “demonios” o “ángeles caídos”:

“Los platillos voladores son meramente otro marco de referencia que nos provee de explicaciones aceptables para algunos de estos grotescos eventos. Un fenómeno invisible está acechándonos constantemente y manipulando nuestras creencias. Sólo vemos lo que ellos eligen que veamos, y usualmente nosotros reaccionamos.

“La idea de que el cuerpo humano es el resultado del trabajo de ángeles creadores malévolos es notablemente parecida a la idea de extraterrestres involucrados en ingeniería genética para “crear” al homo-sapiens. ¿Estamos tratando con el mismo fenómeno? ¿Conocían los Gnósticos la verdad acerca del verdadero origen del hombre y de los poderes invisibles que buscan mantener a los seres humanos atados? ¿Son los malévolos ángeles creadores quienes, según los Gnósticos, secuestran a seres espirituales y los atrapan en cuerpos físicos, los mismos dioses creadores extraterrestres de Sumeria? Considere la siguiente observación de un académico Gnóstico, el Dr. Stephan Hoeller:

“Los ángeles estelares y otros espíritus regentes aparecen como tiránicos, limitando las agencias en esta visión Gnóstica. Ellos son usurpadores que señorean sobre la humanidad y la creación con el fin de acrecentar su propia importancia y gloria. Le incumbe entonces a los conocedores realizar esto y alejarse tanto como sea posible de la influencia de estos poderes. El predicamento existencial de la vida humana radica en la incómoda dominación que ejercen estos dioses menores sobre el espíritu de los seres humanos, y de la cual sólo la realización de la Gnosis puede extraerlos.” (Jung and the Lost Gospels).

Los ángeles creadores o Arcontes también se caracterizan como poderes terribles o fuerzas de ilusión y negatividad. Son como carceleros de una prisión, buscando mantener a sus cautivos humanos atados a la Tierra. Atrapado en las ilusiones de la existencia material, el hombre cree que es solamente un cuerpo y no logra darse cuenta de la verdad acerca de su origen. Esta condición perpetúa la ceguera espiritual, dejando a la Humanidad cautiva de los Carceleros.

Sin embargo, los Gnósticos nunca cesaron de proclamar que el Verdadero Ser del Hombre no es su cuerpo, y el mundo material definitivamente no es su verdadero hogar. El Hombre es un ser espiritual y su propósito es la realización de su Ser Superior, esa chispa de luz exiliada en el cuerpo físico. Su destino es retornar al Reino de la Luz, su verdadero hogar más allá de las estrellas.

Debemos despertar y tomar conciencia de nuestro origen, de dónde venimos, cómo fuimos atrapados en este planeta, y cómo podemos lograr la liberación.

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Diseño Inteligente

El diseño del universo no es tan inteligente como algunos creen

 

En el mes de febrero de 2010 ha visto la luz un ensayo, escrito por Leandro Sequeiros, que puede ser provocador para algunos, escandaloso para otros e iluminador para muchos: “El Diseño Chapucero. Darwin, la biología y Dios”. ¿Es científica o sólo religiosa la cuestión del Diseño Inteligente? Los errores en la naturaleza, son propias de un diseñador inteligente? ¿Cómo compaginar la existencia de este diseñador con la existencia de la imperfección, el dolor y la muerte de los inocentes? Si este universo es una chapuza, ¿niega esto que exista un diseñador? ¿Niega esto que existe Dios?

 

Por María Dolores Prieto.

Portada del libro de Leandro Sequeiros.

El argumento teológico del diseño perfecto del universo para probar la existencia de Dios está ya presente desde la antigüedad. “Los cielos pregonan la gloria de Dios” cantaba uno de los salmos atribuidos a David. Tal vez fue Santo Tomás quien le dio la forma más elaborada. De formas más o menos diversas este argumento ha sido esgrimido por teólogos, misioneros, catequistas y apologetas cristianos a lo largo de los siglos.

Dentro del mundo anglosajón, la Teología Natural [Natural Theology] de William Paley (reeditada muchas veces y publicada por vez primera en 1802), fue el libro de referencia en la época victoriana. La belleza de la obra de la Creación, la magnificencia de sus procesos, el perfecto ajuste matemático de las órbitas de los planetas eran argumentos “modernos” para demostrar la necesidad científica de un “diseñador” divino. El Diseño Inteligente vuelve al escenario hace 25 años en los ambientes adventistas americanos de la mano de Philip Johnson, Michael Behe, Dembski y otros. Incluso la Iglesia Católica se ha desmarcado de la corriente religiosa del Diseño Inteligente.

El debate del Diseño Inteligente ha logrado, al menos ha logrado reabrir desde otra perspectiva el debate entre la Ciencia, los científicos y la Religión. Son las preguntas de siempre vistas con ojos nuevos: ¿existe Dios? ¿Qué pruebas científicas se pueden aducir a favor de su existencia? ¿Qué argumentos existen en contra? ¿Es la ciencia un argumento para negar su existencia? ¿Se puede afirmar a Dios desde la Ciencia? ¿Qué valor tiene la afirmación “los cielos anuncian la gloria de Dios”? ¿Es atea la ciencia?

Nuevo ensayo

En el mes de febrero de 2010 ha visto la luz un ensayo que puede ser provocador para algunos, escandaloso para otros e iluminador para muchos: El Diseño Chapucero. Darwin, la biología y Dios. Su autor, Leandro Sequeiros, teólogo y catedrático de Paleontología, es en la actualidad profesor de Filosofía en la Facultad de Teología de Granada. ¿Es científica o sólo religiosa la cuestión del Diseño Inteligente? Los errores en la naturaleza, son propias de un diseñador inteligente? ¿Cómo compaginar la existencia de este diseñador con la existencia de la imperfección, el dolor y la muerte de los inocentes? Si este universo es una chapuza, ¿niega esto que exista un diseñador? ¿Niega esto que existe Dios?

Las respuestas a estas preguntas son complejas y ocupan páginas de revistas científicas, filosóficas, de divulgación y de la prensa diaria. Dentro de determinadas corrientes de pensamiento religioso e incluso científico cobra fuerza en la actualidad el argumento del “diseño” de la vida y el universo y la necesidad científica de demostrar la existencia de un misterioso “diseñador” (sea Dios, el ordenador Matrix o una civilización extraterrestre). Vuelve a la vida el viejo argumento de que “el hecho de encontrar un reloj exige que exista un relojero”.

Pero este argumento religioso y científico del diseño tiene detractores que – como se dice ahora- se han pasado cuatro pueblos. Van mucho más allá. Intentan mostrar que si no hay relojero, no hay Dios. Contra los partidarios del diseño van los cañonazos del biólogo ultradarwinista Richard Dawkins y los de sus aguerridos seguidores, como el filósofo Daniel Dennett.

Pero su argumentación va mucho más lejos: si el argumento del “diseño” no es válido, hemos tocado la línea de flotación de las religiones y por ello todas ellas quedan invalidadas. No hay ninguna necesidad de acudir a un Dios, luego Dios y las religiones son un engaño, una patraña intragable. La mayor parte de los argumentos de estos nuevos propagandistas del ateísmo científico extraen sus argumentos de la biología. Por eso, este escrito tiene un subtítulo: “Darwin, la biología y Dios”.

En el año 2009 se han conmemorado en todo el mundo los 200 años del nacimiento del genial naturalista Charles Darwin y la celebración de los 150 años de la publicación de su obra El Origen de las Especies por la Selección Natural. Y parece que algunos científicos y filósofos han logrado con sus escritos y sus palabras destronar a Dios.

Siguiendo la lógica de la argumentación darwinista: si la selección natural lo explica todo, ¿para qué invocar a un Dios vacío de atribuciones? Es más: si el mundo natural tiene tantos errores, ese relojero, como ya escribió Dawkins, es un relojero tan corto de vista que debe ser considerado ciego. El Dios de las religiones es un Dios chapucero, que arregla de mala manera los desajustes naturales y no puede impedir la enfermedad, la muerte de los niños, la injusticia del hambre y del dolor. Y posiblemente, podría, no solo ser un Dios ciego y chapucero, sino incluso un Dios cruel y sádico al que le gusta ver sufrir a la gente.

Precisamente, el argumento del dolor de los inocentes fue una de las causas que llevó a Darwin a su agnosticismo y a Dawkins a su ateísmo. Pero todo esto vendrá más adelante.

Entre la postura de los que creen llegar a demostrar científicamente que Dios existe, y la postura de lo que niegan el diseñador y por tanto, creen así negar a Dios y las religiones, ¿dónde poder situarse? Muchos creyentes pueden sentirse desterrados del mundo cultural. Sin espacio. O se defiende la postura del llamado “Diseño Inteligente” como prueba irrefutable de la existencia de Dios (negando por ello los principios básicos del evolucionismo), o se defiende la postura contraria: el evolucionismo no necesita un Dios diseñador y por tanto, Dios no es necesario, no existe.

La reflexión teológica de un científico creyente

Este ensayo está escrito por el Dr. Leandro Sequeiros, un científico creyente que desde hace más de 25 años intenta tender puentes de diálogo con los científicos no creyentes. Desde una postura de honestidad intelectual, ¿en qué lugar quedamos los creyentes que pensamos que el desarrollo científico de las ideas biológicas y evolucionistas significan un avance? ¿Conduce la fe necesariamente al fundamentalismo religioso? ¿Lleva la ciencia a la negación de todo lo religioso?

Puede decirse que en estos años un numeroso grupo de hombres y mujeres del mundo intelectual (científicos e ingenieros, filósofos, teólogos y pensadores) de creencias diferentes, están empeñados en seguir siendo intelectuales sin que por ello tengan que poner en duda, renunciar o abandonar su fe y su esperanza en un Dios cercano perfectamente compatible con la libertad para pensar.

Cuando Inmanuel Kant, en los últimos años del siglo XVIII, proclamaba como lema de la cultura de la Ilustración: “audi sapere” (atrévete a usar con libertad tu inteligencia), no decía ninguna tontería. Estaba afirmando algo de lo que estamos convencidos y debe quedar claro desde el comienzo de este ensayo. Respetando todas las posturas racionales y razonables, hoy no existen argumentos irrefutables que “demuestren” que Dios no existe y que las religiones son patrañas montadas para aliviar la angustia existencia o llenar los huecos del conocimiento a los que todavía no ha llegado la ciencia.

La misión de este libro está lejos de la vieja apologética barata de los años 50 del siglo pasado. Finalizaron los años de “a Dios por la Ciencia” o del “Para Salvarte” y otros libros diversos, bienintencionados pero maniqueos. La fe es una experiencia personal madura que no puede apoyarse en charlatanería demagógica. No hay fórmulas científicas para demostrar ni para desautorizar. Creer sigue otros caminos de racionalidad que van más allá de los intentos de las demostraciones.

Los conflictos entre ciencias y religión

La historia de las ciencias muestra que desde la época griega hubo debates sobre Dios y la religión. Dios siempre ha sido y será objeto de polémica. Siempre habrá hombres y mujeres, intelectuales y técnicos que creen haber “domesticado” a Dios y probada su inexistencia, su falsificación, su falta de sitio en una civilización científico técnica; o también su evidencia sensible, su implacable necesidad.

La fractura entre los científicos y Dios había comenzado a abrirse en el XVII, el siglo de la ciencia. El 22 de junio de 1633, el filósofo natural Galileo Galilei, fue sometido por la Inquisición al segundo proceso por el que fue obligado a abjurar de sus ideas sobre el Universo por ser contrarias a las de la Sagrada Escritura. El llamado “caso Galileo” es uno de los más conocidos y dio lugar a la obra Galileo Galilei de Bertold Brech y luego a la película Galileo de Liliana Cavani. En los últimos años del siglo XIX, John William Draper (1811-1882) autor de la famosa Historia del conflicto entre Religión y Ciencia, editada en Nueva York en 1874, y enseguida traducida al castellano] defiende la tesis del conflicto irresoluble entre el pensamiento racional sobre el mundo natural y el pensamiento teológico de las religiones.

Siempre se ha esgrimido “el caso Galileo” como uno de los momentos duros de enfrentamiento y de incomprensión entre la Ciencia y la Religión. Pero no es el único caso. Quién no recuerda el caso de Charles Darwin en la segunda mitad del siglo XIX o el del paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin en los años 40-50 del siglo XX. Darwin (1809-1882) suscitó las iras de los sectores conservadores de su tiempo al proponer un modo de explicar los cambios biológicos sin acudir a un Dios providente. Y Teilhard de Chardin (1881-1955) resultó escandaloso al pretender superar el dualismo entre materia y espíritu al considerarlas fases de un solo proceso: el de la evolución.

La categórica fractura —que nunca había dejado ensancharse— pudo ser certificada desde la generalización del empleo del término “scientist” (científico) en el sentido acuñado por William Whewell en el Prefacio a The Philosophy of the Inductive Sciences de 1840. Desde entonces, la venerable figura del filósofo natural — Newton, Lavoisier o Lyell habían sido filósofos naturales— desaparece para dar paso a los científicos como grupo social bien distinto del de los filósofos.

Pero en los últimos años del siglo XX, daba la impresión de que se había distendido la tensión. Por una parte, el positivismo lógico dejaba espacio a otras epistemologías, y por otra, los científicos era menos dogmáticos en sus afirmaciones sobre las posibilidades de acceder a la verdad sobre la naturaleza mediante el método científico. Incluso en muchos casos, tendían una mano hacia otras fuentes de acceso al conocimiento del mundo y prestaban atención a la filosofía y a las religiones. La palabra “diálogo” e “interdisciplinariedad” parecían talismanes anunciadores de una nueva era de entendimiento.

Los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, si bien acentuaron el conservadurismo moral, fueron años fecundos para el diálogo con los científicos. Juan Pablo II impulsó a través de la Academia de Ciencias Vaticana el diálogo entre ciencia y religión. En un texto de Juan Pablo II de 1987, con ocasión del centenario de la publicación en 1687 de los Principia Matemathica Philosophiae Naturalis del gran físico y teólogo heterodoxo, Isaac Newton (1687), leemos: “la ciencia puede purificar a la religión del error y de la superstición; la religión puede purificar a la ciencia de idolatría y falsos absolutos. Cada una puede atraer a la otra hacia un mundo más amplio, en el que ambas puedan florecer”.

La publicación en castellano (en 2007) del libro del polémico y beligerante biólogo antirreligioso británico Richard Dawkins, El espejismo de Dios, ha abierto heridas que parecían cerradas en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Dawkins sugiere que, desde un punto de vista científico, la probabilidad de que Dios exista es menor del 5%. Y por ello, los que dicen creer se están engañando o están siendo engañados. Incluso se ha dicho que no fue Dios quien creó al hombre, sino el hombre quien ha creado a Dios. Y Nietzsche pudo gritar: “Dio ha muerto”.

Sin embargo, en la antigüedad, muchos de los grandes científicos (Copérnico, Galileo, Newton y otros) eran hombres religiosos y creyentes en Dios. ¿Cuáles son hoy las relaciones de los científicos con Dios? ¿Se puede ser científico y ser creyente? ¿Cuáles son los límites de la ciencia? ¿Cuáles son los límites de las creencias?

Conocimientos que se postulan como convicciones razonables pero no racionales, no contradicen la capacidad racional humana y las construcciones racionales del mundo, pero no se deducen mecánicamente de ellas. Hay un salto: el salto de la fe.

En esta primera década del siglo XXI, el debate entre la biología, Darwin y las creencias religiosas, entre los postulados de los científicos y Dios se recrudece. Si hace 30 años, el llamado creacionismo científico parecía dominar en este panorama intentando demostrar que la Creación era un dato científico, en el siglo XXI ha surgido el llamado Diseño Inteligente (ID) como supuesta alternativa al evolucionismo naturalista.

Para los profesores Johnson, Behe y Dembski, entre otros, defensores a ultranza de la necesidad científica de un Diseñador de la complejidad irreductibledel universo, la mayor parte de la comunidad científica apuesta por una interpretación no religiosa de los procesos naturales. Dios queda, en frase de Dawkins, cada vez más arrinconado en el campo de las ciencias. Y un Dios innecesario es un no-Dios.

¿Cuál es el problema? ¿Qué preguntas se hace la gente? ¿Se puede ser científico y creer en Dios? ¿Es la creencia en Dios irracional? Con frecuencia, determinados comentarios aparecidos en la prensa parecen querer mostrar que los creyentes son personas estúpidas embaucados por charlatanes que pretenden sacar tajada… ¿Es eso así?

La biología y Charles Darwin

Por lo general, los medios de comunicación cuando hablan de “evolución biológica” unen estas palabras con la figura de Darwin. ¿Es lo mismo evolucionismo que darwinismo? Es más: ¿existe un acuerdo en la comunidad científica sobre lo que es el darwinismo? ¿Qué valor tienen estas teorías científicas y qué se entiende por teoría científica? ¿Qué es un paradigma?

La evolución biológica explica mucho mejor la dinámica de la naturaleza que su teoría opuesta, el fijismo (es decir, la constancia y no alteración, a lo largo de los tiempos geológicos, de los sistemas naturales).

Los filósofos de la biología evolutiva consideran que la evolución biológica goza ya de un estatuto de paradigma científico en el sentido que en su momento le dio el filósofo Thomas S. Kuhn. Es una matriz disciplinar, un conjunto organizado de teorías que constituyen el trasfondo filosófico en el que se desarrolla la “ciencia normal” en una época determinada. Cuando un paradigma comienza a tener incógnitas que no puede resolver, por lo general emergen nuevos paradigmas alternativos que pretenden establecer nuevos marcos epistemológicos dentro de los cuales se elaboran nuevas teorías.

Apuntemos de paso que, contrariamente a lo que mucha gente cree, Darwin no usó la palabra “Evolución” hasta la sexta edición de El Origen de las Especies. Entre otras cosas, porque esa palabra en el diccionario de Oxford significaba “progreso” y para Darwin, la descendencia por modificación no implicaba necesariamente ningún progreso en tamaño, complejidad, adaptación o perfección.

Los ecos de un viejo debate

A lo largo de la historia del pensamiento científico y filosófico han sido frecuentes los conflictos entre ciencia y teología. No siempre las nuevas propuestas de los que se llamaba “filósofos” naturales desde el tiempo de la revolución científica (desde el siglo XVI) fueron bien recibidas por los teólogos católicos y protestantes y por ello por sus respectivas instituciones eclesiales. Solo basta citar el caso de Galileo, obligado a retractarse, o el caso de Giordano Bruno, quemado en la hoguera en 1600.

Pero el siglo XIX fue un siglo especialmente conflictivo en las relaciones entre los científicos y las religiones. Eran tiempos revueltos en los que en las ciencias dominaba una perspectiva positivista y materialista y en los ambientes religiosos dominaba una intransigencia y un integrismo radicalizado. Muestra de ello son los frecuentes documentos de la Iglesia católica contra el modernismo y contra todas las ideologías de cambio social o filosófico. Este proceso culmina en el Concilio Vaticano I en el que se salieron reforzadas las posturas más intransigentes.

En España estas tendencias se dieron de manera muy virulenta debido a la mezcla entre ciencia, política y religión. Aquí, los conflictos entre la ciencia y la religión, especialmente centrados en la figura de Darwin y del darwinismo tuvieron especial virulencia. De ellos han publicado documentos de gran interés los investigadores Diego Núñez y Francisco Pelayo. En este debate parece que la confrontación se da entre dos modos de pensar que se consideran monolíticos: el pensamiento evolucionista y el pensamiento creacionista.

Para los partidarios del evolucionismo científico, siguiendo la estela abierta por Charles Darwin, los procesos de aparición del universo y su evolución cósmica, la emergencia de la vida sobre la Tierra y su diversificación y evolución, y el brote de la humanidad se explican por medio de procesos naturales sin que sea necesaria una intervención directa de un “creador”.

Son las fuerzas de la naturaleza las que impulsan los procesos siguiendo unas pautas y mecanismos que en el darwinismo clásico se identifican con la Selección Natural. Dentro de este amplio grupo de evolucionistas científicos se sitúan hoy muchas posturas diferentes que matizan muchas de las tesis darwinistas.

Desde los mismos tiempos de Darwin, las fuerzas más resistentes al cambio de mentalidad de opusieron decididamente al evolucionismo tachándolo de ateo, materialista y corruptor de las costumbres.

Incluso desde algunos sectores de la Iglesia católica se condenaron las posturas de los evolucionistas y darwinistas. Sin embargo, como el mismo Papa Benedicto XVI ha escrito, no existe ni un solo documento del Magisterio pontificio en el que se condenen las posturas evolucionistas.

Es más: desde el siglo XIX, como hemos mostrado en el libro anterior ¿Puede un cristiano ser evolucionista?, ha existido por parte de las Comisiones Bíblicas de la Iglesia católica un intento de acercamiento de posturas. Los biblistas han propuesto una interpretación de las Sagradas Escrituras en la que la hermenéutica (la interpretación) de los textos bíblicos debe entenderse dentro del contexto cultural en que fueron escritas y dentro del género literario correspondiente.

Tal vez, la cima de esta postura dialogante de la Iglesia católica con respecto a la interpretación de las Escrituras se encuentre en el Concilio Vaticano II. La Constitución Conciliar Dei Verbum (Sobre la Palabra de Dios) es muy explícita y comprensiva para la interpretación de la Biblia. Los capítulos más conflictivos (como son los primeros capítulos del libro del Génesis) no deben leerse como una lección de ciencias sino como una narración que debe ser entendida en clave simbólica. En ella el autor intenta comunicar a sus lectores la primacía del Dios creador y la filiación humana. Pero la interpretación concreta debe hacerse a la luz de los avances del conocimiento científico. Desde este punto de vista, la aceptación de los principios básicos de una concepción evolutiva del universo, de la vida y del ser humano no ofrece ninguna dificultad para el creyente. Se puede ser evolucionista y ser creyente en el Dios de Jesús de Nazaret.

Pero desde mediados del siglo XX hasta ahora parece haber renacido no solo en Estados Unidos sino también en el resto del mundo, el denominado movimiento del “creacionismo científico”. De un modo general, podemos entender como “creacionismo científico” el conjunto de propuestas –defendidas con pretensión de ser consideradas como científicas- de que la formulación literal de la narración bíblica sobre el origen del mundo, de la vida y de la humanidad es una verdad científica que debe primar siempre por encima de las afirmaciones de las ciencias.

Establecidos los términos del problema, será necesario traer aquí a los protagonistas actuales del debate que para muchos es pseudocientífico sobre la necesidad de un ser superior diseñador de la complejidad de la naturaleza. Pasaremos revista a las ideas y propuestas del Diseño Inteligente. Posteriormente veremos tres posturas ante la idea del Diseño: la agnóstica de Darwin, la atea de Dawkins y Dennett y la creyente de Collins.

Desde los años 1940 se despliega en Estados Unidos la estrategia de los “creacionistas científicos”. Pero ya cercanos al final de siglo XX aparece una alternativa (que se presenta como contraria al creacionismo científico pero que no es otra cosa que una versión disfrazada de creacionismo): es el Diseño Inteligente (ID, en inglés).

Imagen: Bordalier Institute

¿Diseño inteligente o Diseño chapucero?

El argumento del diseño para probar la existencia de Dios fue desarrollado por el reverendo inglés William Paley (1743-1805), quien escribió en Natural Theology, en 1802, que si una persona encuentra un instrumento muy complejo y preciso, como un reloj, nos forzaría a concluir que debió tener un fabricante, que debió existir en algún momento y lugar un artífice que lo construyera con una finalidad, que concibió su construcción y diseñó su utilización.

La nueva estrategia del Diseño Inteligente surgió en EEUU hacia 1992 y los principales proponentes fueron Phillip E. Johnson, Michael J. Behe, William A. Dembski y Stephen C. Meyer.

El profesor de Derecho Phillip E. Johnson entiende que los creacionistas bíblicos textuales del Institute for Creation Research y similares han perjudicado la causa porque la impresión que dan es que son unos dogmáticos fanáticos irracionales. Afirma que hay que dejar de hablar de la Biblia, el Génesis, Adán y Eva, Noé y de que Dios creó todo en seis días porque hace fácil cerrarle las puertas de las clases de ciencias a la teoría de la creación divina con argumentos de que es un punto de vista religioso específico.

De este modo, reelabora una nueva versión conservadora del creacionismo a la que denomina como el Diseño Inteligente. Su hipótesis es que el conocimiento científico del mundo nos lleva directamente a postular la existencia de un Diseñador máximo de la realidad natural. Todo es tan bello, tan perfectamente ajustado, tan complejamente perfecto que no puede haber aparecido al azar. Es necesario creer científicamente en un Diseñador máximo, sea Dios, una inteligencia extraterrestre o un gran ordenador externo.

Las tesis de Johnson, muy coherentes con la teología adventista, fueron bien acogidas en determinados círculos. Pero Johnson no era un científico natural sino un profesor de Derecho. Necesitaba una fundamentación científica de sus teorías. Y las encontró en un grupo de científicos y filósofos que asumieron esta tarea.

El único de los seguidores de Johnson que desarrolla una línea de investigación algo relacionada con la evolución es Michael J. Behe, profesor de bioquímica en la Universidad de Lehigh. Behe es mucho más conocido por sus sensacionales propuestas que por la relevancia de sus descubrimientos. Él fue quien desarrollo el concepto de “Complejidad irreductible” (“irreducible complexity”). El postulado de Behe sobre la complejidad irreductible de estructuras celulares claves ha tenido una fuerte oposición en la comunidad científica. En su obra más conocida, Darwin´s Black Box (editada por Free Press en 1996) y traducida en 2000 como La caja negra de Darwin: el reto de la bioquímica a la evolución (Editorial Andrés Bello) desarrolla sus argumentos.

Los ejemplos preferidos de Behe sobre la complejidad irreductible son el flagelo bacteriano, el sistema inmunitario o la cascada de coagulación sanguínea. Su aparición no se explica por pura selección natural. Tienen que haber sido diseñados por una mente superior. Tomemos el caso del sistema de motilidad bacteriano. La estructura arquetípica es el flagelo de Escherichia coli o de Salmonella enterica que depende de la acción de unos 30 genes. Según Behe, ninguna de las piezas componentes se puede eliminar sin que se pierda la actividad. Por tanto, es imposible imaginar estadios intermedios durante la evolución de una estructura de tal complejidad porque no supondrían ventaja selectiva alguna a sus poseedores. Además, repasando la bibliografía dice que no ha encontrado artículos ni libros que expliquen con detalle las sucesivas etapas evolutivas en la formación de un flagelo.

En estos últimos años son numerosos los trabajos en los que se ha mostrado que la presunta teoría del Diseño Inteligente carece de base científica y que por ello los argumentos de Johnson, Behe, Dembski y compañeros tienen una enorme debilidad. Es más: desde la reflexión teológica, si se aceptan las ideas del Diseño Inteligente, la imagen de Dios queda muy deteriorada al ser directamente culpable de los desarreglos y chapuzas que existen en la naturaleza. Se suele decir que, si existe un diseñador del orden natural, este diseñador es un chapucero.

Los profesores Manuel Tamayo, de Chile, y Eustoquio Molina, de Zaragoza han desenmascarado juntos muchos de los engaños científicos de las teorías del Diseño Inteligente. Han mostrado que los argumentos del Diseño inteligente tratan de falsear la teoría evolutiva con planteamientos sesgados y pseudocientíficos. El argumento del diseño es muy débil ya que puede formularse al contrario de cómo lo hacen sus seguidores, es decir, que hay mucha imperfección en el mundo y fallos en el diseño de los organismos y de los seres humanos.

Desde el ámbito de la biología evolutiva y desde la paleontología, Molina y Tamayo han aportado pruebas de peso al debate mostrando la debilidad de los argumentos científicos así como los contra-argumentos relativos a la existencia de auténticas “chapuzas” en el orden natural. La realidad natural (la materia, el universo, la célula, los seres vivos, los seres humanos) estamos construidos por materiales frágiles que dan lugar a numerosos fallos funcionales.

Charles Darwin y el Diseño chapucero

Charles Darwin había leído la obra de Paley sobre el Diseño. En El Origen de las Especies por la Selección Natural no elude el problema que presenta la complejidad natural a sus hipótesis sobre el azar y la Selección Natural. La palabra “imperfección” atraviesa todo el libro de Darwin. Por eso su fe victoriana entró en crisis. Pero no cayó en el ateísmo como algunos han creído interpretar. Su postura religiosa es el agnosticismo aunque aporta respuestas naturales a la necesidad de un diseñador.

Darwin, no sólo argumentó en El Origen de las Especies contra las pruebas clásicas del “diseño”, sino que elaboró un modelo alternativo basado en la Selección Natural. Este proceso, largo y doloroso, hizo tambalear no sólo su fidelidad científica a los mayores, sino también sus creencias religiosas. La conciencia de un diseño chapucero, hicieron que Darwin dudase de la existencia de un Dios que se le aparecía tramposo e incluso cruel. Nunca lo negó. Pero como él mismo escribió, “he llegado a ser un agnóstico”.

En otro artículo de Tendencias21 se ha tratado más extensamente esta cuestión. Citemos aquí un texto de la Autobiografía de Darwin:

“Durante aquellos dos años me vi inducido a pensar mucho en la religión. Mientras me hallaba a bordo del Beagle fui completamente ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también lo eran) se reían con ganas de mí por citar la Biblia como autoridad indiscutible sobre algunos puntos de moralidad. Supongo que lo que los divertía era lo novedoso de la argumentación. Pero, por aquel entonces, fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etcétera y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro. En aquel tiempo se me planteaba continuamente la siguiente cuestión, de la que era incapaz de desentenderme: ¿resulta creíble que Dios, si se dispusiera a revelarse ahora a los hindúes, fuese a permitir que se le vinculara a la creencia en Vishnú, Shiva, etcétera, de la misma manera que el cristianismo está ligado al Antiguo Testamento? Semejante proposición me parecía absolutamente imposible de creer”.

“Si no hay Diseño inteligente, no hay diseñador. Luego, Dios no existe”

Más modernamente, algunos biólogos y científicos han pretendido demostrar más cosas: si la idea del diseño es falsa, Dios es un espejismo. En esto radica la peligrosidad de la idea de Darwin: socava los fundamentos más sólidos de las religiones. Solo el ateísmo es la solución. Entre los autores que más poder mediático muestran están Richard Dawkins y Daniel Dennett.

Tal vez, el caso más paradigmático en la actualidad de radicalización del conflicto entre la biología y la religión es el del biólogo Richard Dawkins (nacido en 1941). Éste se ha convertido en un fenómeno mediático, como lo fue Carl Sagan en los años ochenta del siglo XX. Su beligerancia antirreligiosa le hace, con frecuencia, no poder ver la realidad. Pero las reacciones ante sus ideas han desencadenado toda una serie de reflexiones entre los científicos, los filósofos y los teólogos.

En estos últimos años la postura de Dawkins se ha radicalizado. La polémica surgió tras haber sido publicada ya en español (a comienzos de 2007), un año después de su aparición en inglés (The God Delusion, 2006), la última versión de la crítica a la religión de Richard Dawkins. Con el título El espejismo de Dios, Dawkins argumenta que la probabilidad del ateísmo es casi absoluta desde la objetividad y la evidencia científica. Sugiere que desde un punto de vista científico la probabilidad de que Dios exista es menor del 5%. Y por ello, los que dicen creer se están engañando. Incluso, se ha dicho, que no fue Dios quien creó al hombre, sino el hombre quien ha creado a Dios. Y Nietzsche pudo gritar: “Dio ha muerto”.

Los ecos a las opiniones de Dawkins han sido clamorosos. El profesor Javier Monserrat, en un interesante trabajo: El espejismo de Dawkins, ha sistematizado y situado en su contexto el ensayo de Dawkins, El espejismo de Dios. Para Dawkins, el teísmo apenas tiene probabilidad de ser cierto. La ingenuidad de Dawkins es considerable al fundarse en sus propios análisis para convertirse en tribunal de apelación y sentenciar dogmáticamente a favor del ateísmo.

Dennett y la peligrosa idea de Darwin

Daniel Dennett (Boston, 1942) es un divulgador de las ideas de Dawkins. Como psicólogo, ha hecho contribuciones a la filosofía de la mente y a la filosofía de la biología, y audaces (por no decir temerarias) incursiones en la metafísica y aun en la teoría moral desde el evolucionismo.

Entre sus libros más conocidos está La peligrosa idea de Darwin (Galaxia-Gutemberg, 1999). Dennett ataca al Diseño Inteligente y también al paleontólogo Stephen J. Gould. Pero, ¿a qué idea de Darwin se refiere? ¿A la evolución biológica? ¿Por qué es peligrosa la idea de Darwin? ¿Para quién es peligrosa? ¿Para las personas religiosas? ¿Para los científicos? ¿Para los políticos? ¿Qué tenía Darwin de peligroso? ¿Peligroso para quiénes?

Respuesta de Dennett: “Creo que ello es debido a que la evolución va directo al corazón del más perturbador descubrimiento científico de los últimos siglos, que refuta una de las más viejas ideas que tenemos, tal vez más vieja que nuestra especie. Es la idea de que se precisa algo muy grande y sofisticado para hacer una cosa menor. Lo llamo el efecto goteo de la creación. Nunca se verá una lanza fabricando un lancero. No se verá nunca una herradura fabricando a un herrero. Nunca se verá un tarro fabricando a un alfarero. Es siempre el camino inverso y esto es tan obvio como lógico. Esa es la idea de los promotores del “Diseño Inteligente”.

Dennett dice que (textualmente) “lo que Darwin ofreció al mundo, en términos filosóficos, fue un plan para crear diseño del caos sin la ayuda de una Mente” (con mayúscula) (La peligrosa idea, pág. 26). Y prosigue: “Cuando la perspectiva darwinista llegue a ser aceptada por todo el mundo científico, quedará preparado el escenario para una revolución filosófica mucho más amplia”.

Francis Collins y el gen de Dios

Richard Dawkins y Daniel Dennett postulan la no necesidad de diseñador. Y esto conduce necesariamente a la negación científica de la existencia de Dios. Para ellos, el ateísmo científico se desprende lógicamente de las ideas darwinistas. Por eso, para ellos, son peligrosas las ideas de Darwin.

Frente a las posturas abiertamente hostiles a lo religioso de Dawkins y Dennet, hay posturas que se pasan por el camino opuesto. Tal vez es el caso de Francis Collins, que defiende la postura de aquellos que son capaces de descubrir a Dios en la complejidad de los procesos. El pensamiento de Francis S. Collins se contiene sobre todo en su libro ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe

Escribe: “Buscadores: existen respuestas para estas preguntas. Existen alegría y paz para encontrar en la armonía de la creación de Dios (…) Es tiempo de llamar a una tregua en la creciente guerra entre ciencia y espíritu. La guerra en realidad nunca fue necesaria. Como tantas guerras mundanas, ésta fue iniciada por los extremistas de ambos bandos, que hacían sonar las alarmas que predecían la ruina inminente a menos que el otro lado fuera vencido. Dios no amenaza la ciencia, la mejora. Dios ciertamente no es amenazado por la ciencia, él la hizo posible. Así que juntos busquemos reclamar la tierra firme de una síntesis intelectual y espiritualmente satisfactoria de todas las grandes verdades. Aquella antigua patria de razón y veneración nunca estuvo en peligro de desmoronarse. Nunca lo estará. Abandona la batalla. Nuestras esperanzas, alegrías y el futuro de nuestro mundo depende de ello”

En la introducción de su ensayo ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe, Collins comenta que el genoma humano nos ha permitido aprender el lenguaje con el que Dios crea la vida. Su experiencia de secuenciar el genoma humano se convirtió para él tanto en una ardua tarea científica como en un incentivo para su fe.

El código genético sería para él un “libro de instrucciones” divinas que, a pesar de su complejidad y de los efectos de la evolución, no puede explicar ciertas características humanas, como el conocimiento de la ley moral o la búsqueda de Dios.

Partíamos del hecho de que el pretendido Diseño de la naturaleza no es tan inteligente como parece. Más bien es chapucero. ¿Qué diseñador es éste? Si no hace falta en la ciencia un diseñador, ¿no es una prueba concluyente de la imposibilidad de acceder a Dios (Darwin) o de la negación de Dios (Dawkins y Dennett).

Reinventar a Darwin: el modelo EVO-DEVO

La moderna biofilosofía pretende encontrar nuevos lenguajes para expresar la realidad dinámica y evolutiva del universo. Para el paleontólogo Stephen Jay Gould, Darwin es en parte partidario del estado estacionario ambientalista y gradualista, pero hay textos (estudiados por Gould) en los que se manifiesta como partidario de una explicación de la evolución en la que los cambios ambientales van canalizando la direccionalidad de la evolución.

Todo el desarrollo del proyecto de investigación EVOlution-DEVelOpmet va en esa dirección: la de la canalización de las expresiones de los genes reguladores del desarrollo desde el embrión hasta el adulto. ¿Ha muerto el proyecto darwinista? O, como apunta Gould, ¿tenemos que reinventarlo, recuperar las intuiciones originales enmohecidas por las inclemencias históricas de los científicos, filósofos, teólogos y publicistas?

Biofilosofía: el darwinismo clásico desemboca en el paradigma EVO-DEVO

Con este título, la revista digital Tendencias21 ha publicado una interesante síntesis del profesor Ignacio Núñez de Castro, catedrático de Bioquímica y Biología molecular y profesor de filosofía en Málaga y en Granada. En este capítulo hemos seguido sus palabras.

Últimamente ha emergido una nueva racionalidad sistémica de la vida, el paradigma explicativo Evo-Devo. La emergencia de este nuevo campo de investigación promete una nueva síntesis para la explicación de la evolución. La unión entre la teoría neodarwinista de la selección natural y la genética del desarrollo constituye la Biología evolutiva y del desarrollo, mejor conocida como «EVO-DEVO».

Desde Aristóteles hasta nuestros días los problemas para la comprensión de los seres vivos son recurrentes. Así, una nueva alianza entre la Biología y la Filosofía – escribe el profesor Núñez de Castro – es necesaria en la búsqueda de las bases epistemológicas y ontológicas del estudio de la vida.

Somos herederos de una cultura mecanicista en la que se ha dado un predominio analista, que tiene la pretensión de que el conocimiento exhaustivo de las partes nos llevaría a la comprensión del todo. La Física clásica concibió un universo determinista, en un espacio y tiempo concebidos como absolutos en el que se postulaba la ausencia de toda finalidad. En esta concepción no cabía una visión ampliamente organicista del ser vivo. Por contraposición la racionalidad sistémica interpreta el universo mediante un discurso no lineal. Es Universo es complejo y en él se entrelazan diferentes niveles que se relacionan entre sí a partir de bucles interactivos.

La novedad de la vida en el universo

La filosofía de la biología, la biofilosofía, muestra que la vida, en efecto, no es simplemente puro mundo físico. Lo viviente tiene sus raíces en lo físico. Pero representa una sorprendente novedad emergente que exige una nueva racionalidad explicativa. El holismo biológico supone un nivel de complejidad no visto en el mundo físico. El ser vivo como sistema y proceso jerarquizado teleológicamente dibuja una compleja organización que emerge de forma novedosa y que exige a la ciencia pasar a rigurosas preguntas filosóficas. ¿Quién es el ser humano? ¿Cómo explicar en la ciencia, y en la filosofía, su ontología profunda?

En los últimos siglos dos respuestas en una contradicción profunda han disputado entre sí. Por una parte, las teorías dualistas acerca de los principios de la realidad humana que se inspiraron en el pensamiento griego platónico-aristotélico, después asumido por las escuelas escolásticas. Por otra parte, las explicaciones reduccionistas, fundadas en una ciencia quizá todavía no preparada para abordar no sólo la explicación del hombre, sino también la de los mismos seres vivos. Frente a ambos extremos hoy se perfilan las teorías emergentistas como una vía ni dualista ni reduccionista que responde plenamente a las evidencias científicas descritas en la neurociencia. Acudimos otra vez a las reflexiones del profesor Núñez de Castro en Tendencias21.

Emergentismo no monista

Los filósofos han diferenciado muchos tipos de emergentismos. Aquí se postula un emergentismo no monista como la hipótesis más plausible para superar el dualismo metafísico tradicional sin caer en ningún tipo de reduccionismo.

El filósofo Xavier Zubiri critica el término emerger y prefiere, junto con el médico y filósofo Pedro Laín Entralgo, la metáfora brotar. Para ellos, sólo emerge lo que de alguna manera está anteriormente sumergido, como las islas emergen en el mar. Pero igualmente se puede criticar la imagen del brotar: brota el agua en la fuente porque previamente está en el venero, aunque la imagen del brote de una nueva planta desde la semilla sea la que más se asemeje a la aparición de novedad del emergentismo.

Ninguna de las dos metáforas nos explica bien todo el contenido de lo que significa para la filosofía actual la emergencia de novedad, puesto que la emergencia, tal como es usada por los emergentistas, tanto monistas como no monistas, posee un contenido semántico concreto y a él nos referimos en este ensayo. En este sentido utilizo el término emerger. Al final de su vida, Zubiri prefirió hablar de elevación en su monografía: Espacio, tiempo y materia. Según Zubiri la materia puede dar de sí estructuras superiores. “Las potencialidades de elevación son potencialidades de hacerle hacer a la materia desde sí misma lo que por sí misma no puede hacer. (…) La materia da de sí la intelección, pero no por sí misma, sino por elevación”.

Así pues, el concepto físico de emergencia hace referencia a aquellas propiedades o procesos de un sistema no reducibles a las propiedades de los elementos estructurales o funcionales del mismo; el todo es más que la sumas de las partes y es algo nuevo. En el caso concreto que estudiamos del cerebro y la mente (el espíritu), la emergencia se refiere a la afirmación de que la aparición de la mente (o del espíritu) no es reducible al conjunto de los elementos estructurales del sistema, las neuronas, y ni siquiera al conjunto de los elementos funcionales, las interconexiones sinápticas.

Conclusión: el necesario encuentro entre Darwin, la biología y Dios

El tema de este ensayo –ya lo hemos visto – se centra en la problemática de un movimiento científico-religioso-filosófico como el Diseño Inteligente. Irónicamente, lo hemos llamado “chapucero” porque la realidad natural lo es. Evidentemente vivimos en un mundo natural maravilloso y complejo. Pero es también un mundo en el que existen “chapuzas” clamorosas y situaciones sociales injustas que no hay que atribuir al orden divino.

En el fondo, la problemática del Diseño chapucero se refiere a las complejas relaciones entre la biología y Dios. Y lo hacíamos a propósito del bicentenario de Darwin.

Pero de alguna manera es una reflexión sobre un caso particular de un problema de mucho más calado: el problema de las relaciones (conflictivas a veces) entre los científicos y Dios. Ya hemos dedicado un capítulo a este asunto. Pero resta aún aportar una visión más constructiva sobre ello. Y el concreto, es conveniente reflexionar sobre la situación de habla española, tanto en Europa como en Latinoamérica.

María Dolores Prieto Santana es educadora y colabora con la Cátedra Ciencia-Tecnología y Religión.

Evolución Biológica

25 septiembre, 2010 3 comentarios

Por Isaac Asimov

Tengo la sospecha que si el hombre no estuviera implicado en la evolución biológica, no habría habido ningún problema en aceptarla.

Por ejemplo, es evidente para cualquiera que algunos animales se parecen mucho entre sí. ¿Quién negaría que un perro y un lobo se parecen en aspectos muy importantes? ¿O un tigre y un leopardo? ¿O una langosta y un cangrejo?

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Hace veintitrés siglos, el filósofo griego Aristóteles agrupó a diferentes tipos de especies y confeccionó una «escala de la vida» en la que los clasificaba empezando por la planta más simple y subiendo escalones hasta llegar a los animales más complejos, con el hombre en la posición más elevada (como era de esperar).

Una vez hecho esto, en la actualidad podemos decir, con la ventaja que nos da la visión retrospectiva, que era inevitable que la gente se diera cuenta que cada tipo de especie se había transformado a partir de otra; que las especies más complejas se habían desarrollado a partir de las más simples; que, en definitiva, no sólo existía una escala de la vida, sino también un sistema mediante el cual las formas de vida iban subiendo por esa escala.¡Pues no señor! Ni Aristóteles ni aquellos que vinieron después de él durante más de dos mil años consideraron jamás la escala de la vida como algo no estático, sino dinámico y evolutivo.

Se creía que las diferentes especies eran permanentes. Podían estar divididas en familias y jerarquías, pero las formas de vida eran las mismas desde el primer momento. Se aseguraba que las similitudes existían desde el principio, y que ninguna especie evolucionaba hasta parecerse más —o menos— a otra con el paso del tiempo.

Tengo la impresión que esta insistencia en la inmutabilidad de las especies se debía, al menos en parte, a la incómoda sensación que, si se admitía la posibilidad del cambio, el hombre ya no podría considerarse como un caso único y se convertiría en «un animal más».

Con el dominio de la cristiandad sobre el mundo occidental, las opiniones sobre la inmutabilidad de las especies se hicieron aún más rígidas. El primer ensayo del Génesis describe la creación de las distintas especies vivas, diferenciadas en sus formas definitivas desde el principio; lo que es más, la creación del hombre se diferencia de la del resto de los seres. «Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”…» (Génesis, 1, 26).

Ningún otro ser vivo fue hecho a imagen de Dios, lo que establecía una barrera infranqueable entre el hombre y el resto de los seres vivos. Cualquier opinión que llevara a suponer que las barreras entre las especies eran permeables, podía debilitar la fundamental barrera protectora del hombre.

Desde luego, habría estado muy bien que todas las otras formas de vida sobre la Tierra fueran tan enormemente distintas del hombre como para reflejar en el plano físico esta infranqueable barrera. Pero, por desgracia, aun en la antigüedad el mundo mediterráneo sabía de la existencia de unos animalitos llamados «monos».

Algunas de las especies de monos conocidas por los antiguos tenían pequeños rostros arrugados como de hombrecillos; sus manos eran a todas luces muy parecidas a las humanas y manipulaban las cosas con los dedos igual que los seres humanos, mostrando claramente una viva curiosidad. Pero tenían cola, y este hecho permitía a los hombres salvar el tipo. Es tan evidente que el ser humano no tiene cola y que la mayoría de los animales que conocemos sí, que esta diferencia parecía en sí misma el símbolo de la barrera insuperable entre el hombre y el mono.

En realidad, hay animales sin cola o con una cola muy corta, como las ranas, los conejillos de Indias y los osos; pero estos animales no constituyen una amenaza para la posición del hombre. Y sin embargo…

En la Biblia hay una referencia a un mono, para el que los traductores se sirvieron de una palabra determinada. La mención aparece en una relación sobre las empresas comerciales del rey Salomón: «…una vez cada tres años llegaba la flota de Tarsis, cargada de oro, plata, marfil, simios y pavos reales» (1Reyes, 10: 22).

Tarsis ha sido identificada a menudo como Tartesos, una ciudad de la costa española al oeste del estrecho de Gibraltar, que en época de Salomón era un floreciente centro de comercio, destruido por los cartagineses en el 480 a. C. Frente a las costas de Tartesos, en el noroeste de África, existía (y existe) una especie de mono del grupo de los macacos. Este macaco es el «simio» bíblico; posteriormente, cuando el noroeste de África formaba parte de la Berbería, los europeos llamaron a este mono «simio de Berbería».

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El simio de Berbería no tiene cola, y por tanto se parece más al hombre que otros monos. En su escala de la vida, Aristóteles situó al simio de Berbería en el punto más elevado del grupo de los monos, inmediatamente por debajo del hombre. Galeno, el médico griego que vivió alrededor del 200 a. C., diseccionaba simios y demostró que su parecido con el hombre era también interno y no sólo externo.

A los antiguos les divertía y les molestaba el parecido del simio berebere con el hombre. Se dice que el poeta romano Ennio comentó: «El simio, la más vil de las bestias, ¡cómo se parece a nosotros!» ¿Era realmente el simio «la más vil de las bestias»? Objetivamente, desde luego que no. Lo que le hacía parecer vil era su parecido con el hombre y la consiguiente amenaza que suponía para el apreciado carácter único del hombre.

En la época medieval, cuando el carácter único y la supremacía del hombre se convirtieron en un dogma inatacable, la existencia del simio resultaba aún más irritante. Se le identificaba con el Diablo. Después de todo, el Diablo era un ángel caído y deformado, y bien podía el simio haber sido creado a su imagen, de la misma manera que el hombre había sido creado a la imagen de Dios.

Pero ninguna explicación lograba acabar con la inquietud que despertaba. El dramaturgo inglés William Congreve escribió en 1695: «Nunca podría mirar a un mono largo rato sin caer en humillantes reflexiones» . No es muy difícil imaginar que esas «humillantes reflexiones» estaban relacionadas con el hecho que el hombre podría ser considerado una especie de simio grande y algo más inteligente.

La Edad Moderna empeoró las cosas al dar la oportunidad al orgulloso europeo hecho a imagen de Dios de trabar conocimiento con otros animales, desconocidos hasta entonces, todavía más parecidos a él que el simio de Berbería.

En 1641 se publicaba la descripción de un animal que había sido traído de África y que se encontraba en Holanda, en un jardín zoológico perteneciente al príncipe de Orange. Por la descripción parece ser que se trataba de un chimpancé. También existían noticias sobre un gran animal parecido al hombre y que vivía en Borneo, el que ahora conocemos como orangután.

El chimpancé y el orangután eran también «simios» porque, al igual que el simio berebere, no tenían cola. En años posteriores, cuando se admitió que el chimpancé y el orangután se parecían más al hombre que a los monos, pasaron a ser denominados simios «antropoides» (parecidos al hombre).

En 1758 el naturalista suizo Carolus Linneo realizó el primer intento de clasificación cuidadosamente sistemática de todas las especies. Creía firmemente en la inmutabilidad de las especies, y no le preocupaba el hecho que algunas especies animales fueran tan parecidas al hombre: simplemente fueron creadas de esta manera.

Por tanto, no vaciló en situar en el mismo grupo a las diversas especies de simios y monos, incluyendo también al hombre, y en llamar a los componentes de ese grupo «primates», del latín «primero», ya que entre ellos estaba el hombre. Este término se sigue utilizando.

Linneo clasificó a los monos y simios en general en un subgrupo de los primates al que llamó Simia («simio»).

Para los seres humanos inventó el subgrupo Homo («hombre»), Linneo utilizaba un doble nombre para cada especie (lo que se conoce por «nomenclatura binomial»; en primer lugar, viene el apellido, como cuando se dice Smith, John, y Smith, William), así que los seres humanos disfrutaban de la denominación Homo sapiens (sabio, hombre). Pero además Linneo situó otro nombre en ese grupo. Tras leer la descripción del orangután de Borneo, lo llamó Homo troglodytes (habitante de cavernas, hombre).

«Orangután» viene de una palabra malaya que quiere decir «hombre de los bosques». La descripción de los malayos era más adecuada, ya que el orangután es un habitante de los bosques y no de las cavernas, pero en cualquier caso no puede ser considerado lo suficientemente próximo al hombre como para justificar su inclusión en el grupo de los Homo.

El naturalista francés Georges de Buffon fue el primero en describir a los gibones, a mediados del siglo XVIII. Se trata de un tercer tipo de simio antropoide. Los diferentes gibones son los antropoides más pequeños y menos parecidos al hombre. Por esa razón en ocasiones se dejan de lado, mientras el resto de los antropoides son conocidos como los «grandes simios».

A medida que se fueron clasificando las especies con más detalle, los naturalistas se sentían cada vez más tentados a romper las barreras entre ellas. Algunas especies se parecían tanto a otras que no existía ninguna seguridad que pudiera definirse una separación entre ellas. Además, cada vez había más indicios que muchos animales se encontraban en pleno cambio, por decirlo así.

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Buffon observó que el caballo tenía dos «tablillas» a cada lado de los huesos de las patas, lo que parecía ser una señal que en alguna época tuvo tres líneas de huesos y tres cascos en cada pata.

Buffon sostenía que si era posible que los cascos y los huesos degeneraran, también podían hacerlo las especies en su totalidad. Quizá Dios había creado sólo determinadas especies que habían degenerado hasta cierto punto, dando lugar a otras especies adicionales. Si el caballo podía llegar a perder parte de sus cascos, ¿por qué no podría ser que algunos de ellos hubieran degenerado hasta transformarse en burros?

Como las especulaciones de Buffon se referían a lo que, después de todo, era la parte más importante de la historia natural centrada en el hombre, propuso la teoría que los simios eran hombres que habían degenerado.

Buffon fue el primero en hablar de la mutabilidad de las especies. Pero evitó el peligro mayor: el de sugerir que el hombre, hecho a imagen de Dios, había sido originalmente distinto, aunque si afirmó que el hombre podría transformarse en algo distinto. Incluso eso resultó demasiado, porque una vez que se traspasaban los límites en una dirección sería difícil hacerlos infranqueables en la otra. Buffon fue presionado para que se retractara, y así lo hizo.

Pero la idea de la mutabilidad de las especies no fue abandonada. Un médico británico, Erasmus Darwin, tenia la costumbre de escribir largos poemas de calidad mediocre en los que presentaba sus a menudo interesantes teorías científicas. En su último libro, Zoonomía , publicado en 1796, ampliaba las ideas de Buffon y proponía la teoría que las especies sufrían cambios a consecuencia de la influencia directa que el medio ambiente tenia sobre ellas.

El naturalista francés Jean Baptiste de Lamarck llevó aún más lejos esta teoría. Con la publicación en 1809 de La filosofía zoológica, se convirtió en el primer científico importante que adelantó una teoría de la evolución, describiendo con todo detalle cómo era posible, por ejemplo, que un antílope llegara a cambiar poco a poco, a lo largo de generaciones, hasta transformarse en una jirafa. (Darwin y Lamarck fueron víctimas del ostracismo de las instituciones de la época, tanto científicas como no científicas, a causa de sus opiniones.)

Lamarck se equivocaba en su concepción del mecanismo evolutivo, pero su libro dio a conocer al mundo científico el concepto de evolución, alentando a otros a descubrir un mecanismo que quizá fuera más viable.

El hombre que dio en el clavo fue el naturalista inglés Charles Robert Darwin (nieto de Erasmus Darwin), que se pasó casi veinte años recogiendo datos y dando forma a sus argumentaciones. Actuó así en primer lugar porque era un hombre meticuloso, y en segundo lugar porque sabía el destino que le esperaba a cualquiera que propusiera una teoría evolucionista, y quería desarmar al enemigo presentando unos argumentos tan sólidos como el hierro.

En su libro Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural , publicado en 1859, evitó cuidadosamente toda mención al ser humano. Por supuesto, no le sirvió de nada. Era una persona amable y virtuosa, casi tan santo como cualquier clérigo del Reino, pero no habría sufrido ataques más virulentos de haber matado a su madre a mordiscos.

Sin embargo, las pruebas a favor de la evolución han seguido acumulándose. En 1847 el mayor simio antropoide existente, el gorila, fue, por fin, presentado ante los ojos de los europeos, y es el simio más impresionante de todos. Al menos, su tamaño contribuía a hacerle parecer más humano que ningún otro; casi sobrehumano.

Y después, en 1856, se descubrieron en el valle de Neander, en Alemania, los primeros restos fósiles de un organismo que era evidentemente más avanzado que ninguno de los antropoides vivos y claramente más primitivo que cualquier hombre viviente. Se trataba del « hombre de Neandertal ». No sólo el número de pruebas a favor de la evolución aumentaba continuamente, sino que se descubrieron las primeras evidencias que confirmaban que había habido una evolución del ser humano.

En 1863 el geólogo escocés Charles Lyell publicó La antigüedad del hombre , en la que esgrimía las antiguas herramientas de piedra como pruebas a favor de su teoría que el género humano tenía mucho más de los seis mil años de antigüedad que se le atribuían (y también al Universo) en la Biblia. También se convirtió en un firme defensor de la teoría darwiniana de la evolución.

Y, por fin, en 1871, Darwin extendió su teoría al hombre en su libro El origen del hombre.

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Por supuesto, los antievolucionistas siguen acompañándonos hasta hoy en día, defendiendo su causa con ardor y firmeza. Recibo de ellos más cartas de las que en justicia me corresponden, así que conozco la naturaleza de sus argumentos.

Se concentran única y exclusivamente en un punto: el origen del hombre. No he recibido ni una sola carta en la que se defienda acaloradamente que el castor no está emparentado con la rata o que la ballena no desciende de un mamífero terrestre. A veces me da la impresión que no se dan cuenta que la evolución es aplicable a todas las especies. Únicamente insisten en que el hombre no, no, NO desciende de, ni está emparentado con, los simios o los monos.

Algunos evolucionistas intentan contestarles diciendo que Darwin no dijo nunca que el hombre descendiera de los monos; que ningún primate vivo es antepasado del hombre. Pero eso no es más que un matiz sin ninguna importancia. Según la teoría evolucionista, el hombre y los simios tienen algún antepasado común que no ha sobrevivido hasta hoy en día, pero que era una especie de simio primitivo. Si nos remontamos más en el tiempo, los diferentes antepasados del hombre tenían un aspecto inequívocamente simiesco; al menos para el lego en zoología.

Como evolucionista, prefiero enfrentarme a este hecho sin tapujos. Estoy perfectamente dispuesto a defender que el hombre desciende de los monos, que es la manera más simple de expresar lo que, en mi opinión, son los hechos.

Y también tenemos que mantenernos fieles a los monos desde otro punto de vista. Los evolucionistas pueden hablar de los «homínidos primitivos», del Homo erectus, el Australopitecos y de todo lo que quieran. Podemos utilizarlos como pruebas de la evolución del hombre y sobre la naturaleza del organismo del que desciende.

Tengo la sospecha que esto no convence a los antievolucionistas y que ni siquiera les preocupa demasiado. Parecen creer que el hecho que un montón de descreídos que se llaman a si mismos científicos encuentren un diente por aquí, un hueso de cadera por allá y un trozo de cráneo más allá y los recompongan como un rompecabezas, construyendo una especie de hombre-simio, no tiene ningún sentido.

Por las cartas que recibo y por los escritos que he leído, me da la impresión que el carácter emocional de los antievolucionistas se reduce a la cuestión del hombre y el mono, y a ninguna otra cosa más.

Me da la impresión que los antievolucionistas abordan el tema hombre-mono de dos maneras. Pueden defender firmemente la Biblia, declarando que está redactada por inspiración divina y que en ella se afirma que el hombre fue creado por Dios a su imagen a partir del polvo de la Tierra hace seis mil años, y que no hay más que hablar. Si adoptan esta postura, está claro que sus opiniones son innegociables, y no tiene sentido intentar negociar con ellos. Con una persona así podría hablar del tiempo, pero no de la evolución.

Un segundo camino es el que siguen los antievolucionistas que intentan encontrar alguna justificación racional para su postura; esto es, una justificación que no esté basada en la autoridad, sino que sea observable o comprobable experimentalmente y lógicamente argumentada. Por ejemplo, se puede afirmar que las diferencias entre el hombre y los demás animales son tan fundamentales que es impensable que puedan ser salvadas, y que es inconcebible que un animal se desarrolle hasta llegar a ser un hombre mediante la exclusiva actuación de las leyes de la naturaleza; que es necesaria una intervención sobrenatural.

Un ejemplo de estas diferencias insalvables seria la afirmación que el hombre tiene alma y que los animales no, y que un alma no puede desarrollarse mediante ningún proceso de evolución. Por desgracia, los métodos conocidos por la ciencia no son capaces de medir o detectar la presencia del alma. En realidad, ni siquiera es posible definir el alma a menos que se haga basándose en algún tipo de autoridad mística. Por tanto, este argumento no puede ser observado ni es comprobable experimentalmente.

En un plano menos exaltado, un antievolucionista puede argumentar que el hombre tiene el sentido del bien y del mal; que aprecia el valor de la justicia; que es, al fin y al cabo, un organismo moral y que los animales no lo son ni pueden serlo.

En mi opinión, esto es discutible. Hay animales que actúan como si amaran a sus crías y que llegan a dar su vida por ellas. Hay animales que cooperan entre sí y se protegen en caso de peligro. Esta conducta obedece a razones de supervivencia y es exactamente el tipo de actitud que los evolucionistas consideran probable que se desarrolle poco a poco hasta llegar al nivel que alcanza en el hombre.

Si se disponían a replicar que esta conducta aparentemente «humana» de los animales, es puramente mecánica y que es realizada sin intervención del entendimiento, volveremos a una discusión basada en las simples afirmaciones.

No sabemos qué es lo que ocurre en el interior del cerebro de los animales y, si vamos a eso, no tenemos ninguna seguridad en absoluto que nuestra propia conducta no sea tan mecánica como la de los animales, sólo que con un grado más de complicación y versatilidad.

Hubo un tiempo en que las cosas eran más fáciles que ahora, cuando la anatomía comparada estaba en mantillas y cuando era posible suponer que existía alguna enorme diferencia fisiológica que distinguía al hombre del resto de los animales. En el siglo XVII el filósofo francés Rene Descartes creía que el alma estaba, localizada en la glándula pineal, ya que aceptaba la idea, entonces bastante común, que esta glándula no se encontraba en ningún organismo excepto en el cuerpo humano.

Pero, ¡ay!, no es así. La glándula pineal está presente en todos los vertebrados y alcanza su mayor desarrollo en un reptil primitivo llamado tuatara. En realidad, ninguna parte de nuestro cuerpo es patrimonio del ser humano con exclusión del resto de las especies.

Vamos a ser más sutiles y a considerar la naturaleza bioquímica de los organismos. Aquí las diferencias son mucho menos marcadas que en la forma física del cuerpo y de sus partes. De hecho, los procesos bioquímicos de todos los organismos vivos presentan tantas similitudes, no sólo si comparamos al hombre con el mono, sino incluso con las bacterias, que de no ser por las ideas preconcebidas y el egocentrismo que define a nuestra especie, la evolución sería considerada un hecho evidente.

Tenemos que ser realmente muy sutiles y ponernos a estudiar los más finos entresijos de la estructura química de las omnipresentes y casi infinitamente versátiles moléculas de proteínas para llegar a encontrar algún rasgo que sea distintivo de cada especie. Después, gracias a las minúsculas diferencias de esa estructura química, se puede llegar a saber cuánto tiempo ha transcurrido aproximadamente desde que dos organismos se ramificaron a partir de un antepasado común.

Al estudiar la estructura de las proteínas no encontramos grandes brechas; las diferencias entre una especie y el resto no son tan enormes como para indicar que no habría habido tiempo para que esa divergencia se desarrollara a partir de un antepasado común a lo largo de toda la historia de la Tierra. Si existiera una diferencia tan marcada entre una especie y las demás, entonces esa especie en particular habría surgido de un glóbulo de vida primordial distinto al que dio origen a todo el resto. Aun así, esta especie habría evolucionado, descendería de otra especie más primitiva, pero no estaría emparentada con ninguna otra forma de vida terrestre. Pero repito que no se ha descubierto una diferencia tal y que no es probable que se descubra. Todas las formas de vida terrestre están interrelacionadas.

Desde luego, el hombre no está separado de otras formas de vida por alguna enorme diferencia bioquímica.

Bioquímicamente está dentro del grupo de los primates, y sus diferencias no son más acusadas que las de los otros miembros del grupo. De hecho, parece estar estrechamente emparentado con el chimpancé, cuya estructura proteínica es más parecida a la humana que la del gorila o el orangután.

Así que los antievolucionistas tienen que defendernos sobre todo del chimpancé. No cabe duda que si, como dijo Congreve, «miramos a un mono largo rato», en este caso a un chimpancé, tendremos que admitir que no existe ninguna diferencia vital entre él y nosotros, excepto el cerebro. ¡El cerebro humano es cuatro veces mayor que el del chimpancé!

Incluso esta considerable diferencia de tamaño es fácilmente explicable por la teoría del desarrollo evolutivo; sobre todo, teniendo en cuenta que los fósiles de homínidos tienen cerebros cuyo tamaño está a medio camino entre el del chimpancé y el del hombre moderno.

Pero es posible que un antievolucionista no considere dignos de atención los fósiles de homínidos y continúe afirmando que lo que cuenta no es el tamaño físico del cerebro, sino el tipo de inteligencia que opera a través de él.

Podría argumentar que la inteligencia humana sobrepasa de tal modo a la del chimpancé que cualquier posible relación entre las dos especies está totalmente descartada.

Un chimpancé no sabe hablar, por ejemplo. Los esfuerzos por enseñar a hablar a las crías de chimpancé no han tenido ningún éxito, por muy pacientes, hábiles y prolongados que hayan sido. Y sin el lenguaje, el chimpancé no es más que un animal; un animal inteligente, pero nada más que un animal. Con el lenguaje el hombre se eleva a las cumbres de Platón, Shakespeare y Einstein.

¿Pero no estaremos quizá confundiendo la comunicación con el lenguaje? No cabe duda que el lenguaje es la forma de comunicación más exquisita y eficaz que existe. (Nuestros dispositivos modernos, de los libros al aparato de televisión, transmiten el lenguaje de diferentes formas, pero sigue siendo lenguaje.) … ¿Pero acaso se trata de la única posibilidad?

El lenguaje humano está basado en la capacidad humana de controlar los rápidos y delicados movimientos de la garganta, la boca, la lengua y los labios, que al parecer, están bajo el control de una porción del cerebro llamada «circunvolución de Broca».

Si la circunvolución de Broca resulta dañada por un tumor o un golpe, el ser humano sufre afasia y es incapaz de hablar y de comprender el lenguaje… Pero un ser humano que sufra de esta enfermedad sigue siendo inteligente y puede hacerse entender por gestos, por ejemplo.

La parte del cerebro del chimpancé equivalente a la circunvolución de Broca no es suficientemente grande o suficientemente compleja como para posibilitar la aparición de un lenguaje en el sentido humano. Pero, ¿y los gestos? Los chimpancés en estado salvaje se sirven de gestos para comunicarse…

En junio de 1966 Beatrice y Allen Gardner, de la Universidad de Nevada, escogieron un chimpancé hembra de un año y medio de edad a la que llamaron Washoe, y decidieron intentar enseñarle el lenguaje de los sordomudos. Los resultados les dejaron asombrados, a ellos y a todo el mundo.

Washoe aprendió con facilidad docenas de signos y los utilizó adecuadamente para comunicar deseos y expresar conceptos abstractos. Inventó modificaciones que también utilizó adecuadamente. Intentó enseñarles el lenguaje a otros chimpancés, y estaba claro que disfrutaba con la comunicación.

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Otros chimpancés han sido entrenados del mismo modo. Algunos han aprendido a ordenar fichas imantadas sobre una pared de diferentes maneras. En estos ejercicios demostraron que son capaces de tener en cuenta la gramática, y cuando sus instructores construían deliberadamente frases sin sentido no se dejaban engañar.

Tampoco se trata de reflejos condicionados. Todas las pruebas indican que los chimpancés saben lo que están haciendo, del mismo modo que los seres humanos saben lo que están haciendo cuando hablan.

Naturalmente, el lenguaje de los chimpancés es muy simple comparado con el del hombre. El hombre sigue siendo el más inteligente con gran diferencia. Pero la proeza de Washoe demuestra que nuestra capacidad de hablar sólo se diferencia de la del chimpancé de manera cuantitativa y no cualitativa.

«Mirar a un mono largo rato.» No hay argumentos válidos, excepto los basados en alguna autoridad mística, que puedan negar el parentesco del chimpancé con el hombre o el desarrollo evolutivo del Homo sapiens a partir del Homo no sapiens.

Fuente: http://www.sindioses.org/cienciaorigenes/mirarunmono.html

Categorías:Evolucion

CAMINO A LA LIBERTAD (The Freedom Road)

16 septiembre, 2010 Deja un comentario

David Icke – El camino espiritual hacia la libertad en un mundo controlado y manipulado por el poder

David Icke cuenta la asombrosa historia de cómo el mundo es controlado hoy por linajes de sangre originados en la antigüedad y que han permanecido en la historia, manipulando a la raza humana durante miles de años. Estos linajes originados en los reyes y reinas del pasado, son los mismo que hoy producen los dirigentes políticos, quienes controlan los bancos, las corporaciones transnacionales y los medios de comunicación.

Desde hace miles de años, un pequeño grupo con lazos genéticos ha controlado y mantenido las posiciones de poder y ha orquestado lo que llaman historia. Cada vez más este grupo pequeño, esta hermandad, ha sido capaz de manipular la dirección del mundo a una escala global que desafía nuestras creencias.

Esto significa que para controlar el mundo y literalmente a millones de personas, fue necesario para esta élite fijar normas para la sociedad: qué se considera correcto o incorrecto, moral o inmoral, sano o insano, posible o imposible. Y esas normas fueron fijadas por medio de una educación resquebrajada. De modo que controlando la educación, enviando mensajes por los medios de comunicación, afirman que esas reglasson lo que la vida debe ser, es decir nuestra realidad.
A menos que rompamos con este sistema de manipulación, continuarán haciéndolo

Con cientos de ilustraciones, Icke expone este mayor secreto y explica cómo y por qué ahora estamos en carrera hacia un estado fascista global – a menos que nos despertemos rápido. También muestra el camino espiritual (no religioso) hacia la libertad y cómo podemos transformar el mundo y nuestra vida mediante la transformación de nosotros mismos, entendiendo nuestro verdadero poder para diseñar nuestro propio destino.

Con todo el conocimiento transmitido por David Icke, podemos crear un mundo distinto. Cuando nos sanemos a nosotros, sanaremos al mundo. Cuando cambiemos nosotros, cambiaremos al mundo. Cuando nos amemos nosotros, amaremos al mundo. Y cuando amemos al mundo, éste se manifestará de un modo distinto al actual, que es el mundo de la manipulación, que nos viene desde hace miles de años. La libertad se está aproximando. Es tiempo de agarrarla.

¿Qué ha sucedido? ¿Qué está sucediendo? ¿Qué puede suceder? Todo se revela en estas tres espectaculares conferencias, sin desperdicio.

fuente: http://www.decidatriunfar.net/2010/08/camino-libertad-freedom-road-david-icke-video-dvd.html

http://www.youtube.com/view_play_list?p=862FF4CF3F2947FE&search_query=david+icke+espa%C3%B1ol+camino+a+la+libertad

http://www.taringa.net/posts/info/4241840/David-Icke-Camino-a-La-Libertad-3-dvd_s-descarga-3-link.html

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Comida, S.A.

4 septiembre, 2010 Deja un comentario

Comida, S.A., ésta es la traducción aproximada a “Food Inc”, el revelador documental que luchará por un Oscar el próximo 7 de marzo. Se trata de un “documental de combate”, al estilo de los de Michael Moore, centrado en este caso en las entrañas de la industria alimentaria norteamericana y en la estela de lo que vislumbramos en los libros “Fast Food Nation” y “Un detective en el supermercado”. De hecho, sus respectivos autores –Eric Schlosser y Michael Pollan- aparecen en “Food Inc” para denunciar que las granjas se han convertido en fábricas y que la codicia de un puñado de empresas está enfermando a los ciudadanos…y no sólo a los americanos: una de cada tres personas nacidas después de 2000 serán diagnosticadas con diabetes, uno de cada dos entre las minorías, no por casualidad los más pobres.

En las baldas del supermercado americano medio pueden encontrarse 47.000 productos, la mayoría de ellos procesados, generando una “ilusión de diversidad”, en palabras de Pollan. En realidad, media docena de corporaciones fabrican la mayoría de esos productos, “que parecen alimentos pero que no lo son”, según el periodista.

El proceso simultáneo de industrialización de la producción alimentaria y concentración empresarial tuvo su origen, cómo no, con McDonald’s. La expansión de la cadena de los arcos dorados se basó en el extremo abaratamiento de los menús, lo que implicó la hiperespecialización de sus empleados y la simplificación al máximo de su oferta. La presión en los márgenes pasó a los proveedores, que aplicaron las economías de escala a sus propias cadenas de producción. Así surgieron monstruosos mataderos como el de Smithfield Foods, donde se sacrifican 27 millones de animales al año, un auténtico holocausto animal.

Pero nada de esto hubiera sido posible sin las subvenciones que el gobierno americano concede a los productores de cereales de EEUU. La soja, el trigo y, sobre todo, el maíz, están en el origen de esta gigantesca cadena de producción que inunda el mundo de comida barata y poco nutritiva. “El maíz es barato y engorda rápidamente al ganado”, cuenta Pollan en el documental. Es por ello que se halle en productos tan dispares como el pescado, la Coca-cola, la mantequilla de cacahuete o las pilas Duracell.

Una de las cosas que más asombran a un español en las ciudades americanas es que los productos frescos escasean y, cuando los hay, son artículos de lujo. En suburbios como el Bronx neoyorkino simplemente son inexistentes. Paradójicamente, productos cárnicos mucho más caros de producir –hamburguesas, tacos, pollo frito- se pueden comprar por un puñado de dólares. Como dice un ganadero independiente en la película, “vivimos en la ficción de la comida barata, pero esa comida tiene unos enormes costes ecológicos y sociales ocultos”.

“Food Inc” se mete hasta la cocina del sistema de producción de alimentos de EEUU y no duda en señalar con el dedo a gigantes como McDonald’s o Monsanto. Que la película pueda estrenarse y aspire a los Oscars demuestra que, duela a quien duela, Estados Unidos sigue siendo una democracia con una fuerte capacidad de autocrítica.

Mas no nos pongamos negativos. El mismo sistema de producción que está empujando a la obesidad y a la diabetes a millones de personas en todo el mundo es el que ha prácticamente ha erradicado el hambre de buena parte del planeta. El capitalismo ha demostrado ser la herramienta más eficiente de distribución de recursos de la historia pero adolece de un cáncer: la codicia.